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Informe de Prensa

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Jueves, 27 de abril de 2006

TRIBUNA | Más autopistas, menos accidentes

Transformar nuestra infraestructura vial es el único modo de reducir la altísima siniestralidad en las rutas y calles. No es sensato seguir concentrando sus causas en la irresponsabilidad de los conductores.

Juan Carlos Cassagne. Profesor de Derecho Administrativo y miembro de la Academia de Derecho de Buenos Aires

El Defensor del Pueblo de la Nación ha dado a conocer recientemente un informe sobre los accidentes viales calificando la siniestralidad como una grave endemia social que pone en riesgo la vida, la salud, los bienes materiales y el goce de los bienes públicos compartidos.

Según dicho informe, durante 2005 hubieron 10.351 muertos en accidentes de tránsito y más de 15.000 personas discapacitadas. A su vez, la Asociación Argentina de Carreteras evaluó las pérdidas causadas por estos siniestros en cinco mil millones de dólares.

Sin embargo, el informe reconoce que pese a todos los esfuerzos, y campañas de prensa impulsados por las ONG y diferentes organismos públicos y privados, es muy poco lo que se ha avanzado.

Hasta ahora, se ha centrado la causa de la siniestralidad en el desempeño de quienes conducen los vehículos, sin reparar en las condiciones de la infraestructura vial como causa principal de los accidentes.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, el parque automotor de los Estados Unidos tuvo un crecimiento explosivo y hubo un alarmante crecimiento de los accidentes. Las compañías de seguro, como es lógico, trasladaron el mayor costo derivado de los siniestros a las primas, lo que a su vez provocó una sensible merma en la contratación de pólizas (el seguro no era entonces obligatorio).

Cuando las compañías tuvieron identificadas las causas de esta merma iniciaron una campaña para convencer a la opinión pública y al gobierno de que la solución de fondo para reducir sensiblemente los accidentes era la construcción de autopistas.

Crearon una fundación llamada Automotive Safety Foundation, con sede en Washington, la cual tuvo un papel decisivo para que la opinión pública y el gobierno comprendieran la importancia de la construcción de autopistas para mejorar la seguridad vial. La prédica incesante de esta fundación durante ocho años finalmente dio sus frutos.

En 1956 el Congreso aprobó la iniciativa del presidente Eisenhower para construir la Red Interestadual de Autopistas de los Estados Unidos. Fue la obra pública más grande de la historia.

¿Se lograron resultados positivos en la seguridad vial?

El éxito fue contundente: según las estadísticas del gobierno federal, salvó 187.000 vidas en cuarenta años, la mortalidad se redujo a la octava parte y se evitaron doce millones de heridos y discapacitados.

En nuestro país se pretende que el ciento por ciento de los automovilistas manejen con absoluta precaución, que jamás cometan la más mínima infracción o imprudencia y que nunca se distraigan ni siquiera un solo instante circulando por las monótonas carreteras de nuestra pampa, carentes de forestación para hacer que el paisaje sea más ameno.

Como señalamos, otra es la óptica de los países que, como Estados Unidos, alcanzaron un éxito probado en la materia: aceptan el hecho ineluctable del error humano y entonces diseñan y construyen carreteras que eliminan físicamente el riesgo de accidentes.

Veamos ahora los principales problemas que plantea la falta de autopistas como la mejor manera de remediar los accidentes.

Las autopistas tienen calzadas divididas. Los tránsitos opuestos están físicamente separados. El choque frontal, responsable del 66% de las muertes en nuestras angostas carreteras actuales, desaparece.

Además, las carreteras convencionales tiene curvas peligrosas lo que provoca despistes y vuelcos. Las autopistas tienen curvas suaves que permiten que el vehículo las tome a la velocidad prevista en el diseño (que coincide con la máxima autorizada) sin riesgo alguno de vuelco. Nuevamente, la conformación física de la curva impide el accidente sin requerir una destreza excepcional del conductor.

Nuestras actuales rutas nacionales atraviesan zonas urbanas por las que además de vehículos circulan peatones. Las autopistas, en cambio, evitan el paso por estas zonas, mediante circunvalaciones que bordean las ciudades, evitándose así los cruces peatonales y las fricciones con el tránsito urbano.

Cuando se suman todos los resguardos; es decir, calzadas divididas, cruces a distinto nivel, curvas suaves, circunvalaciones urbanas y alambrados protectores, tenemos como resultado una carretera segura que es tal, con independencia de la pericia de los conductores.

Podrá argumentarse que las autopistas son muy caras y que están fuera de nuestro alcance. Pero, ¿alguien puede sostener que es más barato perder cinco mil millones de dólares por año en accidentes evitables?

Una red de autopistas completa costaría el equivalente al costo de los accidentes de tres años, y duraría para siempre. En este senti do, hay que seguir la política de muchos países, como China, India, México, Irlanda y Chile que decidieron transformar su infraestructura vial dotando a sus países de modernas autopistas.

Frente a las "pandemias" viales, en cambio, nos quedamos en recomendaciones superficiales sin atacar el mal en su raíz: la deficiencia de la infraestructura.

El día que la Argentina disponga de una red integral de autopistas, tal como lo demuestran las estadísticas de los países que las tienen, la siniestralidad vial se reducirá de una manera drástica.

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