Obstáculos para el "milagro argentino" |Por Miguel Angel Broda
Con 17 trimestres consecutivos de recuperación, los indicadores económicos de la Argentina muestran un desempeño espectacular. El PBI acumula una suba de 39%, impulsado por la demanda doméstica, que creció 47%; se verifican aumentos de 43% en los volúmenes exportados y de 163% en las importaciones, mientras que la producción industrial creció 53% y la construcción 122 por ciento. Además, se proyecta para todo el año un crecimiento superior al 7,6 por ciento.
Varios son los factores que contribuyen a explicar esta fuerte recuperación:
1. Un extraordinario contexto externo (con el mundo creciendo por cuarto año consecutivo por encima de su tendencia histórica y favorables términos de intercambio que tienen posibilidad de sostenerse en el tiempo debido a la inserción de China e India en el escenario internacional como importantes demandantes de materias primas);
2. El "rebote técnico" que suele producirse después de cualquier colapso; y
3. El correcto manejo macroeconómico de este gobierno. Por un lado, las autoridades lograron un elevado superávit fiscal y redujeron sensiblemente las obligaciones financieras de los próximos años al reestructurar la deuda en default. Por el otro, alcanzaron un alto superávit de cuenta corriente, a través del mantenimiento de un tipo de cambio alto y competitivo. Así, el país experimentó un inédito período de tres años consecutivos con superávit gemelos (fiscal y externo).
Por ello, y a diferencia de lo que ocurría en el pasado, hoy la Argentina no está al borde de ninguna explosión macroeconómica; ni tampoco de irreversibles crisis. Más bien, todo lo contrario. El Gobierno tiene la oportunidad de buscar el "milagro argentino". Sin embargo, existen al menos tres obstáculos para que el país protagonice un alto y sostenido crecimiento.
En primer lugar, la inversión es insuficiente. Sin duda, es notable el incremento de la inversión bruta desde el 11% del PBI en 2002 a 22% en la actualidad. Sin embargo, considerando la relación funcional que vincula el nivel de inversión con el crecimiento de la economía está claro que la misma es aún insuficiente para crecer a un ritmo robusto. En efecto, si a la inversión bruta (22% del PBI) le restamos la depreciación del stock de capital de la economía (equivalente al 13% del PBI), obtenemos una inversión neta (incremento del stock de capital) de 9% del PBI. Ese flujo de inversión tiene una productividad (media y marginal) de aproximadamente 0,4 (o sea, por cada punto de inversión neta se genera 0,4 puntos adicionales de PBI o inversamente la relación capital/producto es de 2,5). En definitiva, invirtiendo 22% del PBI podemos crecer al 3,6% (22-13)x0,4) y consecuentemente para crecer al 6% anual deberíamos invertir no menos del 28% del PBI. En síntesis, faltarían aproximadamente 6 puntos del PBI en inversión para crecer de manera significativa (al 5/6% anual), especialmente inversiones de grandes empresas, en servicios públicos e inversiones extranjeras directas.
Con relación a la inversión en los servicios públicos privatizados, la crisis de 2001-02 obligó a romper los contratos y a pesificar y congelar tarifas. Cuatro años después, como no se estableció un nuevo marco regulatorio, las empresas no tuvieron más remedio que limitar sus inversiones. Así, el sector exhibe hoy una dicotomía ineficiente: las inversiones viejas con capital hundido y tarifas congeladas son gestionadas por los antiguos operadores privados, mientras que la nueva inversión es realizada por el Estado, mediante fondos fiduciarios abastecidos con impuestos o cargos específicos. Este invento argentino tiene todos los incentivos al revés: no invierten los concesionarios privados ante la falta de rentabilidad y el riesgo de "Evorización", mientras que el Estado hace todo a mucho mayor costo y plazo. Sin duda, con este sistema perverso es muy difícil que mejore la productividad del capital y se incremente la inversión.
Con relación a la inversión extranjera directa, la Argentina viene perdiendo participación en el total de flujos de inversión extranjera directa que se dirigen hacia América latina, acaparando sólo el 6% del total versus 14% en 1996/2000. Además, apenas una pequeña porción de las utilidades generadas por estas inversiones se queden en el país (sólo el 13% es reinvertido, proporción que era del 30% en 1996/2000).
Esta insuficiencia de la inversión nacional o extranjera de envergadura se debe a la excesiva intervención del Estado en el mercado, a la volatilidad de las reglas y a la inseguridad jurídica, que impiden generar un horizonte previsible. La respuesta del Gobierno a este déficit de inversiones consiste en exhumar la arcaica idea del rol supletorio del Estado sustituto de la inversión privada. El Estado, más que planificar y ejecutar directamente las inversiones relevantes, debería crear las condiciones propicias para alentar la inversión privada que permita un salto cualitativo del aparato productivo, consolidando de este modo el fuerte crecimiento cuantitativo de los últimos años.
En segundo lugar, se están acumulando serias distorsiones microeconómicas. En particular, preocupa el sistema de precios y la utilización de la política comercial como instrumento antiinflacionario. El actual esquema de precios y subsidios "políticos" resulta perverso ya que estimula la demanda y desestimula la oferta, abaratando lo que escasea y encareciendo lo que abunda. Los precios distorsivos dejan de cumplir su función de reflejar las escaseces relativas de bienes y factores, generando desequilibrios puntuales entre oferta y demanda, desinversión y mala asignación de recursos, perjudicando el crecimiento de largo plazo.
La barrera oficial
Por último, el propio Estado argentino constituye un obstáculo. Los países que han mostrado un crecimiento alto y sostenido tienen un Estado que: 1. Cuenta con un plan estratégico, y no busca réditos políticos de corto plazo en detrimiento de objetivos de largo; 2. Estimula la movilidad social promoviendo la igualdad de oportunidades en el sistema educativo, premiando el esfuerzo, el mérito y la innovación; 3. Incrementa sus gastos en investigación y desarrollo; 4. Actúa activamente para lograr una mayor apertura de mercados externos y generar externalidades para el desarrollo de clusters productivos; y 5. Crea los mecanismos para el uso eficiente de recursos y mejoras en la productividad. Lamentablemente, el Estado argentino acusa un retraso considerable en todas estas cuestiones.
En síntesis, dado el inmejorable contexto externo y la estabilidad macro alcanzada, la Argentina presenta la posibilidad de exhibir un futuro brillante, después de treinta años de desaciertos. Sin embargo, debido a la política económica del actual gobierno, el país enfrenta graves obstáculos para lograr el "milagro argentino". Ojalá me equivoque.
El autor es director del Estudio Broda & Asociados.
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