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Informe de Prensa

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Viernes, 19 de mayo de 2006

La deuda externa nunca termina |Por Arturo Prins

La salida del default y la posterior cancelación de la deuda con el FMI generaron la sensación de que el problema del endeudamiento se resolvió. Sin embargo, desde otra perspectiva, se observa que no es así.

Cuando en diciembre de 2001 declaramos el mayor default de la historia económica internacional, debíamos 143.453 millones de dólares. En marzo de 2005, a causa de la pesificación asimétrica, nuestro endeudamiento había crecido un 32,4% y llegaba a 191.296 millones de dólares, el tercero en el mundo.

Con nuestra pobre economía salimos del default con una quita sobre los fondos de los bonistas que aceptaron el canje, del 65,6% (62.000 millones de dólares), la mayor reducción de una deuda soberana; las de Ecuador y Rusia no superaron el 40%. A los que no aceptaron el canje (hold outs), se les desconocieron 23.381 millones, lo que constituyó el tercer default de la economía internacional, sólo superado por el argentino, que concluía parcialmente, y el ruso de 1998.

Nuestro endeudamiento quedó, entonces, en 126.500 millones de dólares. Si consideráramos la deuda con los hold outs –que los afectados, varios organismos y calificadoras de riesgo reclaman–, hubiéramos debido a esa fecha casi 150.000 millones, más que cuando declaramos el default.

En enero último, el Estado pidió al Banco Central (BCRA) el 34% de sus reservas (casi 10.000 millones de dólares), para pagar anticipadamente la deuda con el FMI, tan sólo el 8,8% de la deuda pública total. Para ello emitió un título de deuda a diez años (Letra 2016), con intereses semestrales, pues el BCRA tiene límites para financiar al Estado que fueron desbordados. También se habló de un préstamo de Venezuela para esta operación, por 2500 millones de dólares.

La política de cambiar deuda de corto plazo por otra de largo plazo –consecuencia también de nuestra pobre economía– ya se aplicó con los vencimientos que operaron en 2005, por 60.500 millones: el 25% habría sido cubierto principalmente con Letes y Boden 2012, 2014 y 2015, de alto interés, y el 7% que se debía al FMI se postergó.

En 2006, tras el pago al Fondo, quedaron vencimientos por 51.900 millones (35% de nuestros ingresos). El nuevo equipo económico inició otras emisiones de deuda (Bonar V) con una tasa mayor a la prevista: 8,36% anual. Y en estos días, por primera vez desde 2001, se anunció una operación que muchos consideran riesgosa: salir con un título en los mercados internacionales, con tasas de más del 8%, tratando de evitar el asedio judicial de los hold outs; así se aliviaría la situación de este año y, sobre todo, del próximo, que hay elecciones.

Hasta los años 90, cubríamos los déficit con emisión monetaria y préstamos; tras la hiperinflación, dejamos la primera práctica, pero acentuamos la de valernos de dineros ajenos que luego desconocimos. Con una economía orientada a vivir del préstamo, en tres décadas la deuda creció de $ 8000 millones de dólares a las cifras consignadas. Ahora, en cuarenta años, debemos saldar una de las deudas más altas del mundo con un pasado que no avala esa posibilidad.

Nuestra pobre economía, tecnológicamente atrasada, creció en cuarenta y cinco años (1960-2005) apenas un poco más del 2% anual, promedio. Los “tigres” asiáticos, que en los años 60 también eran pobres, adoptaron la nueva economía del conocimiento y crecieron en ese período más del 7% anual. Irlanda y Finlandia, por el mismo camino, superaron crisis de endeudamiento con altas tasas de crecimiento. El economista Jeffrey Sachs afirmaba que la Argentina no pudo enfrentar su grave endeudamiento porque ignoró la necesidad de promover una economía basada en el conocimiento.

¿No es posible, entonces, tomar una decisión política creadora que supere los artificios de la vieja economía, donde lo mejor consiste en ser habilidoso para manejarlos?

La sociedad civil hizo originales propuestas para afrontar la deuda con ecuanimidad y generar confianza, inversiones y crecimiento; ecuanimidad que se quebró cuando se implementó la quita sobre el acreedor más débil y se privilegió al más fuerte. ¿Qué ocurriría si se retomaran esas ideas?

La Academia Nacional de Ciencias Económicas fue escenario de varias de ellas. La del economista Miguel Crotto, muy aplaudida, afrontaba el 100% de la deuda en default (101.400 millones con intereses) por medio de un bono a 30 años, a cuyo vencimiento se pagaba todo el capital adeudado. Hasta entonces, sólo desembolsábamos un interés del 2% anual (primeros 15 años) y del 3% anual (últimos 15 años), pagado por anualidad vencida.

Como garantía, se constituía un fideicomiso administrado internacionalmente, donde la Argentina depositaba bonos del Tesoro de los Estados Unidos, a 30 años, por un monto a valor nominal de US$ 95.000 millones. Esto implicaba realizar un único pago para saldar tamaña deuda, de US$ 20.000 millones (financiados a tres años), para comprar los bonos, pues su valor era equivalente al 21% del valor nominal que se pagaría en tres décadas. La original propuesta hacía menos gravosa la salida del default y traía otros beneficios, pues preveía acortar los plazos por crecimiento del PBI y superávit fiscal.

La Fundación Sales presentó públicamente otra idea, con el economista Ludovico Videla y otros especialistas, que se complementa con la anterior. Si la propuesta de Crotto alejaba durante 30 años los vencimientos que nuestra vieja economía no podría abordar, la de Sales sugería crear la nueva economía por medio de un canje de “conocimiento por deuda”: se proponía destinar una parte de los intereses de deuda a un fideicomiso, que se cotizaría en bolsa, para dar crédito a empresas innovadoras que invirtieran en investigación y desarrollo (I+D); los acreedores participarían de los beneficios del fondo. Así surgiría la economía del conocimiento, con valor agregado y competitividad, que dejaría de ser una utopía. Un reciente informe del Banco Mundial criticaba “la muy baja inversión de las empresas argentinas en I+D” y su escasa cultura innovadora.

Otra propuesta de Julio César Crivelli, especialista en obra pública e infraestructura, sugería también aplicar el conocimiento para el manejo del riego y las inundaciones en la pampa húmeda (recuérdese la catástrofe de Santa Fe) que permitiera expandir la producción agropecuaria. También canjeaba obligaciones en default por inversiones de crédito hacia lo que la Argentina mejor hace y sabe hacer. A su vez, desde el Parlamento, los legisladores Rodolfo Terragno, Alberto Natale y Mario Cafiero hicieron inteligentes aportes.

Mientras éstas y otras propuestas buscaban sacar partido de la deuda para crecer, el país optó por el camino de siempre, que en estos días recobra fuerza. Con imaginación y diálogo, aún se podrían rever actitudes.

El autor es director ejecutivo de la Fundación Sales y miembro fundador de GPES (Gestión de Proyectos de Economía Social).

Link corto: http://www.lanacion.com.ar/807166

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