América latina: dos formas de encarar conflictos |Por Vicente Palermo
Brasil y Bolivia, y la Argentina y Uruguay se enfrentan hoy por combustible y papeleras. Unos contemporizan, los otros escalan en la contienda.
Vicente Palermo Politólogo, investigador del CONICET Y del Instituto Gino Germani (UBA)
La lógica del conflicto entre países hermanos está a veces presidida por el abuso de confianza, algo típico precisamente entre hermanos. Hay abuso de confianza cuando se presume que las represalias a sufrir por un comportamiento reprobable estarán morigeradas por la naturaleza especial de la relación.
La política regional nos ofrece hoy dos episodios coetáneos de abuso de confianza entre naciones hermanas que permiten comparar las reacciones de los gobiernos afectados. La oportunidad es valiosísima: ambas crisis nos hablan no apenas de esos gobiernos, sino del ambiente social y político-cultural que los condiciona.
Sin duda el flamante presidente de Bolivia, Evo Morales, incurrió en abuso de confianza con el Estado brasileño. Procedió hacia Petrobras de modo inamistoso. Hubo quiebra de contratos y una política de hechos consumados. Dejó malparado a Lula en vísperas de una difícil campaña presidencial.
Asimismo, el gobierno uruguayo incurrió, ante el Estado argentino, en abuso de confianza. Se desentendió de los mecanismos estipulados en el Estatuto del Río Uruguay, en especial de la consulta previa prevista para casos que, como la instalación de productoras de celulosa, podrían afectar la calidad de las aguas.
Delante de estos abusos de confianza, Brasil y Argentina no reaccionaron de la misma manera. El gobierno de Lula, al menos hasta ahora, está haciendo lo imposible por quitarle hierro al problema. Lejos de dramatizarlo, su reacción está presidida por una retórica contemporizadora. Desescalar el conflicto en lugar de radicalizarlo parece ser su prioridad. Evo Morales le sirve caída del cielo la oportunidad de crear una causa nacional, y Lula se hace el distraído. El contraste con el caso argentino es marcado.
Primero, las autoridades argentinas hicieron la vista gorda. Pero, cuando se hicieron patente los ánimos caldeados del vecinalismo entrerriano, el Gobierno giró en seco 180 grados y se dedicó desde entonces a escalar la disputa, cargarla de dramatismo y convertirla en una causa nacional. En base a la presunción, errada o no, de daños ecológicos futuros, ha convalidado reiteradamente, y hasta brindado apoyo logístico, a medidas de fuerza que conllevan masivos daños presentes. Esta sobre-reacción, que, a diferencia de lo que ocurre hoy día entre Bolivia y Brasil, coloca peligrosamente el conflicto en el plano de las identidades, puede hacer del mismo una herida entre ambas naciones hermanas, alimentando enconos y frustraciones más tóxicas que las dioxinas.
La oposición brasileña, y muchos diplomáticos retirados, declaran su indignación por la falta de firmeza oficial para defender el país. Muchos son, no obstante, los brasileños que ven la defensa del país de otro modo. Habrá, claro, una larga negociación, nada fácil, para recomponer la presencia de Petrobras en Bolivia y la política energética; pero el mejor interés parece ser evitar la conversión de un diferendo en una causa que cristalice separando a los pueblos e imponiendo costos infinitamente mayores y más dilatados en el tiempo. Y por casa, ¿cómo andamos?
http://www.clarin.com/diario/2006/05/29/opinion/o-01902.htm
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