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Informe de Prensa

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Lunes, 29 de mayo de 2006

Editorial |Bergoglio y "el país que nos debemos"

Durante el tedeum celebrado el jueves último en la Catedral, con motivo de la fiesta patria, el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Bergoglio, invitó a los argentinos "a construir la Nación que nos debemos" y propuso como punto de partida para esa tarea una reflexión profunda sobre las enseñanzas que emanan del pasaje evangélico relativo a las Bienaventuranzas de Jesús.

En ese contexto, el cardenal formuló severas y fundadas críticas a la dirigencia argentina actual y puso al desnudo los males que ensombrecen el escenario público del país. Sus críticas, formuladas con estilo sobrio y sereno, pero a la vez con inquebrantable firmeza, calaron hondo en los agudos problemas de la vida argentina y definieron con claridad los límites del desafío moral que afronta en este tiempo nuestra comunidad nacional.

Al conmemorar la jornada del 25 de Mayo de 1810, monseñor Bergoglio instó a los argentinos a volver los ojos a quienes, en su histórica gesta, "soñaron la bienaventuranza para nuestro pueblo", resumida en su aspiración a "crear ciudadanía". Corresponde que nos preguntemos -dijo- si ese elevado objetivo sigue estando en el centro de nuestra vocación o si el deseo de ser ciudadanos se nos ha devaluado hasta convertirse en un mero e intrascendente trámite.

El arzobispo de la diócesis primada exhortó a los argentinos a "saber pedir y ofrecer perdón" y a renunciar al odio y a la violencia, así como a rehuir el "eticismo descomprometido" y la "moralina barata". Reclamó para la Argentina de hoy un valor que ha ido desapareciendo: la "amistad social". Definió ese concepto como un sentimiento que sólo se satisface cuando el ser humano se entrega por completo a los otros. Y llamó a desterrar la "malaventuranza" de la permanente insatisfacción, un mal en el que suelen quedar envueltos quienes encubren su vacío y su miseria interior con "sustitutos de poder, de imagen o de dinero". El poder y la autoridad tienen legitimidad -advirtió- cuando nacen de la capacidad para inspirar confianza, "no cuando provienen de la manipulación, el amedrentamiento y la prepotencia".

Lamentó que algunos sectores se dejaran ganar por "la indolencia de vivir sólo el instante", sin darle importancia al "para qué" y sin comprender que no se puede construir una nación sin una larga cadena de esfuerzos. Fustigó duramente el hábito de "polarizar y excluir" que sigue imperando en nuestro país y que determina que el sistema vigente se debilite y se vacíe de legitimidad. Cuando eso ocurre -señaló-, los mayores precios son pagados por los más pobres, y crecen las posibilidades de los "oportunistas" y los "ventajeros".

Se refirió, asimismo, con duros términos, a quienes alientan la intolerancia y la violencia, a quienes son "inmediatistas" y "coyunturales", a quienes buscan seducir o ilusionar con mentiras, a quienes cuidan a toda costa su imagen y "su pequeño mundito de ambiciones". Deploró la conducta de quienes son "vengativos y rencorosos", de quienes buscan enemigos y culpables sólo afuera, de quienes convierten su amargura y su resentimiento "en una seudoidentidad, cuando no en un negocio". Lamentó que los argentinos sigamos cayendo en la "malaventuranza" del internismo y que nos empeñemos en excluir a todo aquel a quien juzgamos contrario. Y que sigamos cultivando la difamación y la calumnia como espacios de confrontación y choque. Esas desdichadas actitudes -dijo Bergoglio- "nos encierran en el círculo vicioso de un enfrentamiento sin fin".

Esos "caprichos y arrebatos de salida fácil", de "negocio ya", de creer que la astucia lo resuelve todo, le han costado al país -observó también el cardenal- mucho atraso y mucha miseria. A esos rasgos sombríos de nuestra realidad corresponde oponer el ejemplo constructivo de quienes prefieren "apostar al tiempo" y privilegian la fuerza transformadora de la "amistad social" y del "trabajo por la paz".

También exaltó la actitud positiva de quienes luchan por edificar una patria en la cual la reconciliación sea posible, de quienes se oponen al odio y al permanente enfrentamiento, de quienes se niegan a aceptar que el caos y el desorden "nos conviertan en rehenes de los imperios". Y elogió a quienes se mantienen en ese camino de verdad sin preocuparse por las calumnias que les arrojan "los mercenarios de la propaganda y la desinformación".

Las palabras del cardenal no deben ser desoídas. Están dirigidas a quienes ejercen responsabilidades de gobierno, pero también a los dirigentes de todas las tendencias y a la sociedad en su conjunto. Nadie debe sentirse excluido del compromiso de trabajar por un país en el cual "el bien público, la iniciativa individual y la organización comunitaria no pugnen ni se aíslen". Un país en el cual todos comprendamos que "la sociabilidad y la reciprocidad son la única manera de sobrevivir y de crecer ante la amenaza de la disolución".

Link corto: http://www.lanacion.com.ar/809635

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