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Informe de Prensa

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Lunes, 29 de mayo de 2006

Editorial |Qué significa una Argentina plural

La convocatoria formulada el jueves último en la Plaza de Mayo por el presidente Néstor Kirchner para construir una Argentina "cada vez más plural" requeriría, antes que nada, que el primer mandatario brindara señales claras acerca de un irrestricto respeto por la división de poderes y de un sincero compromiso con la calidad institucional.

También precisaría que el titular del Poder Ejecutivo Nacional abandonara algunas actitudes que sólo traslucen un espíritu revanchista incompatible con la búsqueda de los consensos necesarios para superar los graves problemas del país.

Ninguna "Argentina plural" podrá construirse con sectarismos o exclusiones; tampoco con amenazas o con falsas opciones, como las que dejan trascender algunos funcionarios del gobierno nacional en el sentido de que sólo se puede ser "esclavo o enemigo" de la máxima autoridad política de la Nación.

Es probable que el peculiar estilo del primer mandatario haya ayudado parcialmente a reconstruir la deteriorada autoridad de la figura presidencial. También es probable que ese sello tan cuestionado dentro y fuera del país no haya incidido tan negativamente como podría esperarse debido a las inmejorables condiciones externas para la economía argentina.

Sin embargo, los vaivenes de las finanzas internacionales y las variaciones en los precios de nuestros commodities podrían llevarnos de la noche a la mañana a circunstancias mucho más desfavorables que deberán enfrentarse con algo más que con prepotencia y con desplantes a ciertos líderes mundiales.

La todavía lejana recuperación de la confianza internacional en la Argentina requiere de instituciones fuertes antes que de funcionarios poderosos; precisa de reglas de juego claras y estables antes que de negocios para los amigos del poder; de una política exterior que apunte a la cooperación y a la integración antes que al aislamiento y al rédito doméstico inmediato. Finalmente, necesita un país unido en torno de objetivos comunes, que se traduzcan en políticas de Estado que estén al margen de mezquinos intereses partidarios o sectoriales.

La palabra concertación debe ser una palabra escrita con mayúsculas, que no quede reducida a la posibilidad de adhesiones a ciegas a un personalismo que ahoga las instituciones republicanas. Ni debe ser confundida con la cooptación de dirigentes que hoy están en la oposición; mucho menos, con el tristemente célebre fenómeno de la "borocotización" que hoy ya es digno de figurar en los diccionarios de ciencia política.

Para empezar, bastaría con abstenerse de burlarse de la voluntad popular, como lo acaban de hacer 164 diputados con los casi 400.000 ciudadanos que votaron a Luis Patti; con que legisladores oficialistas y opositores acuerden cumplir con sus obligaciones constitucionales, sancionando un nuevo régimen de coparticipación federal y creando la Comisión Bicameral para el control de los decretos de necesidad y urgencia, y con la demorada sanción de una ley de acceso a la información pública.

De poco y nada servirá una supuesta concertación de la que se excluya a quienes no piensan igual. Por el contrario, se impone reconocer al otro en su identidad, tolerar lo distinto, dialogar, buscar el consenso por sobre el conflicto y promover la continuidad de la acción administrativa por medio de políticas de Estado.

Hoy, más que nunca, la República necesita un jefe de Estado que se muestre y actúe como presidente de todos los argentinos y no como el simple líder de una fracción política o de una generación que busca sumar adeptos a un proyecto hegemónico en el que no se admiten mayores disensos y se hace un culto a la personalidad del caudillo.

Una sana democracia, como ha señalado el prestigioso teórico político italiano Norberto Bobbio, necesita tanto del consenso como del disenso. Porque una sociedad en la que el disenso no es tolerado es una sociedad muerta o condenada a morir.

Link corto: http://www.lanacion.com.ar/809634

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