El espejismo de la Plaza llena |Por Ricardo Kirschbaum
Hay una lógica política en el peronismo detenida en los años 70. Se basa en las demostraciones de poder. Antes, se suponía que se dirimía con grandes movilizaciones o con el poder de fuego de la guerrilla o de los escuadrones de la ortodoxia, el sindicalismo o la ultraderecha. La matanza de Ezeiza, cuando regresaba Perón al país, fue el epítome de un drama.Hubo otros capítulos igualmente dramáticos —la expulsión de los montoneros de la Plaza de Mayo, el asesinato de Rucci, las matanzas de la Triple A— que seguían esa lógica perversa que vino como anillo al dedo a quienes planificaron luego la cacería humana durante el proceso militar.
Se recogieron enseñanzas de esos años fatídicos sobre los que, todavía, se esperan reconocimientos de culpa e irresponsabilidades cometidas no solamente por la escasa edad de los integrantes de la guerrilla, como quiere hacernos creer uno de sus jefes en un documental sobre Gelbard que se está proyectando.
Subsiste la idea de que una demostración como la que hubo el 25 de Mayo puede cambiar las relaciones de poder en la Argentina. En los tiempos que recordamos, uno de los objetivos centrales de las movilizaciones era tratar de copar los actos para demostrarle a Perón quiénes tenían más fuerza en el movimiento.
Hoy, pasteurizado ese ánimo combativo, todavía sobrevive esa idea porque forma parte del imaginario del peronismo y de la izquierda.
Por supuesto, la capacidad de movilización que demostró el oficialismo es muy importante y nadie puede desconocer este dato si quiere analizar en serio la política argentina.
Conviene, no obstante, recordar que hay variables permanentes —la situación económica y, dentro de ella, la inflación, por ejemplo— que pueden cambiar bruscamente ese viento a favor. Hay que tener en cuenta esa realidad para no llorar luego sobre la leche derramada.
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