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Informe de Prensa

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Lunes, 29 de mayo de 2006

Exclusivo: las niñas que se prostituyen en Pompeya a la vista de todos

“En una hora hacemos cuatro viejos”

En el barrio Zavaleta, al menos seis chicas de entre 12 y 19 años ofrecen sexo a automovilistas y camioneros en plena calle. Su objetivo es conseguir dinero para comprar paco. Los vecinos denunciaron la situación hace meses. Hasta ahora ni la policía ni la Justicia detuvieron a los abusadores.

    * “No hay imputados”
    * Paco con atención
    * “La policía hace caso omiso”



Por Cristian Alarcón

Camila* mira el horizonte de la avenida Amancio Alcorta y estudia con los ojos achinados al chofer que viene al volante, un potencial cliente. De costado cuenta, con la voz ronca que le produce una tos seca y rasposa: “A veces –dice– en una hora, hacemos cuatro viejos. Después cruzamos a la villa a drogarnos. Me pierdo allá y cuando no tengo más, vuelvo”. Son las cinco y media de la tarde de un martes y los clientes los primeros días de la semana no suelen ser tantos como los viernes, cuando no paran de pasar lentos con sus autos buscando nenas como ella, que aunque parece de doce bajo esa campera inflable, ya tiene 14, jura. La menor de quince hermanos conoció la calle cuando pedía con su madre. Se quedó y vive junto a otras quince chicas entre las veredas de Pompeya y la esquina donde se prostituye para poder consumir paco. Los vecinos la conocen. Su caso, y el de otras niñas, ha sido motivo de varias denuncias penales. El Consejo de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes ha puesto diversas estrategias en marcha para frenar el drama, pero nada ha podido evitar que siga sentada allí con la mirada puesta en los autos y los camiones, para salir corriendo, si uno se detiene, subirse en un santiamén, cerrar la puerta y perderse por la calle Pepirí, junto a un viejo de los que pagan.

En octubre de 2005 un informe elaborado por operadores del Consejo de Niños, Niñas y Adolescentes de la Ciudad de Buenos Aires detallaba la situación en la que vivían unos 30 chicos en el barrio de Nueva Pompeya, sometidos al trabajo infantil en el caso de los varones, y a la explotación sexual en el caso de al menos seis de las niñas. El caso había motivado a esa altura la denuncia de varios vecinos que llamaron con insistencia al 102, el número publicitado a través de una campaña organizada por el propio organismo para frenar la prostitución infantil en la ciudad.

“Vi a una nena subir al coche de un tipo y bajarse después de un rato con dificultad, visiblemente dañada por haber mantenido sexo con un adulto”, le contó a Página/12 uno de los denunciantes, cansado de ser testigo de escenas similares. “No vivo en el lugar pero por trabajo tengo que ir casi todas las semanas y cada vez es peor. Lo que más me sorprende es que hay mucha gente para la que ya es normal y piensan que no se puede hacer nada”, contó el hombre, dispuesto a declarar si fuera necesario. Tal como lo plantea, lo cierto es que desde la Justicia no se le dio una salida al problema. Pero tampoco desde el Estado, con una situación cuya raíz no es el negocio del sexo en sí mismo, sino la complejidad de la pobreza extrema de niños y niñas: las cifras recientes indican que más de cinco millones de niños menores de 14 son pobres en la Argentina, y de ellos el 20 por ciento (casi dos millones cien mil) son indigentes.

La prueba del delito

“En esta zona gran cantidad de hombres que conducen camiones, autos particulares, taxis, etcétera, ofrecen dinero a las chicas a cambio de sexo. Algunos las llevan en sus vehículos a sus domicilios, a hoteles, a las vías del ferrocarril, o a las calles que se encuentran detrás de las avenidas. Generalmente pagan entre 3 y 5 pesos. Los clientes ‘usan’ a los niños como intermediarios para que los contacten con alguna de las chicas, a cambio de esto les entregan dinero. Las/os niñas/os utilizan el dinero para poder consumir pasta base o pastillas”, describe el informe que fue mantenido en reserva y forma parte de una de las denuncias penales iniciadas en la Fiscalía de Pompeya. “Hemos mantenido reuniones con la Procuración General, la Oficina de Atención a la Víctima y los fiscales, pero la respuesta es que no se puede constituir prueba de delito por lo cual ha sido imposible imputar a alguien”, le dijo a este diario María Elena Naddeo, la presidenta del Consejo.Tras la presentación de un informe el año pasado, el equipo de Naddeo se presentó en la fiscalía y los operadores que trabajan en la zona de Zavaleta para el Programa Contra la Explotación Sexual y el Trabajo Infantil declararon como testigos. Aportaron números de patentes de clientes habituales de las nenas e incorporaron a la causa una fotografía: en ella se ve la cara sonriente de un hombre al que una chica le está practicando una fellatio. “Es cierto que hay una foto, pero es imposible determinar la identidad de la supuesta víctima a la que no se le ve la cara. Seguimos trabajando en varias causas, pero es muy difícil obtener pruebas si no tenemos los testimonios de las chicas que por razones lógicas y porque lo hacen por supervivencia se niegan a declarar”, explicó el fiscal Marcelo Munilla Lacasa.

Vanesa

Sobre el césped pardo del boulevard de Amancio Alcorta, frente a la embotelladora de Coca-Cola, las chicas suelen juntarse con los operadores del Consejo o de la Dirección de Niñez de la ciudad a tomar la merienda. La tarde que este cronista pasó en el lugar hace cinco meses, Camila daba vueltas por la cuadra en la búsqueda de los pesos que cuesta comprarse suficiente paco como darle varias pitadas a la pipa. De vez en cuando desaparecía. Sobre el pasto, Vanesa, de 17 en aquel momento, se doblaba en dos agarrándose la panza. Lloraba en una letanía que iba de la queja al grito. Tosía, escupía con sangre y vomitaba. Tenía fiebre. Sobre la piel y en la cabeza, chancros. Casi no se podía comprender lo que decía. No había manera de convencerla de que debía ir al médico. Los operadores de los organismos presentes en el lugar no acordaban qué hacer con ella.

¿Llamar al SAME? ¿Subirla a un taxi por la fuerza y acercarla a un hospital? Excepto el abrazo de una operadora, nada parecía ser viable. La historia de Vanesa, embarazada en aquel entonces, derivó en varios intentos fallidos de rescatarla de la prostitución y del paco. “El Estado no alcanza a estar listo para reaccionar ante este nivel de exclusión. Todo complotó para dejarla sin salida. Por fin hace dos meses logramos internarla, enferma de los pulmones, con sífilis, embarazada de siete meses. Se curó. Tuvo su bebé y ahora asiste a un centro de recuperación de adicciones”, le contó una fuente del Consejo a este cronista (ver aparte).

Camila

Camila se viste como puede, con la ropa que le toca cuando va al Centro de Día Niños de Belén, un par de veces a la semana. En el lugar hay juegos y recreación, la merienda, duchas y ropa, que pueden cambiar cada vez que van. La que llevan puesta la dejan para lavar y la recuperan al tiempo. A veces pasan semanas sin llegar hasta Monteagudo al 800, donde las salas conviven con la vieja iglesia de Nuestra Señora del Carmen. De un lado la villa 21, del otro ese incesante paso de camiones: el transporte es el gremio masivo del barrio. Eso y los nuevos personajes que se han ido volviendo habituales para los que pasan: los “fisuras” o “muertos en vida” como gusta llamarles a los pocos foráneos taxistas que se animan a esa frontera sur de la ciudad. En la pared de la sala de juegos ha quedado un papel afiche con una sopa de letras. Las palabras que se leen no tiene doble lectura: paco, base, pipa. Por allá, “México”, la nacionalidad de uno de los seminaristas voluntarios. Camila se peina y mira cómo uno de sus hermanos y otro pibe juegan. Miguel Angel Sorbello, el coordinador del espacio, cuenta la historia que ve hace dos años en la zona y que lo llena de ira. “Al verlas subir y bajar de los autos te dan ganas de matar a alguien. Si un tipo se curte a una nena como Celina –otra de las chicas del grupo– que tiene 13, es porque le gusta hacerlo con una nenita. Si no hay clientes no hay prostitución”, dice.

Camila bien lo sabe. Cuando habla del tema no lo rodea, no lo esquiva, apenas lo menciona, rápido, con las palabras que aunque no haya estado presa suenan con acento de tumba. “DecatánvenimodePontevedra. Mi mamámishermanosomoquince.”

–¿Por qué comenzaron?

–Para tener plata. Pero empezaron otras, a mí no me gustaba.

–¿Por qué?

–Tenía miedo. De los viejos. Que te peguen. Que te maten. Algunos son como vos, otros son más viejos.

–¿Cuánto cobran?

–Cinco pesos.

–¿Para qué usan la plata?

–Nos metemos en Zavaleta a fumar. Allá nos quedamos todo lo que podemos, hasta que perdés la cuenta de lo que fumaste.

–Tus amigos también fuman paco.

–No tengo amigos, tengo hermanos y primos, amigos hay cuando tenés droga y plata.

–¿Tus hermanos dónde están?

–Están por ahí... Mi mamá en la casa. Pero nunca vamos. Un día al año, ponele. Dormimos en la calle, con cartones y frazadas.

–¿Cómo es un día tuyo?

–Cuando me levanto desayuno, pido comida, si tengo plata me voy a Zavaleta. Puedo pasarme una semana fumando.

–¿Cómo consiguen la plata?

–Es siempre igual. Antes yo no quería. Me parecía que estaba mal. Pero después no me di cuenta y empecé. Pasan muchos autos. Nos llevan arriba y hacés lo que los viejos quieren. Hacés eso y tardás un poco, depende de cuánto tarde el viejo.

–¿Antes qué hacías?

–Vendíamos medias y guantes con mi mamá. En el tren. Ganaba plata. Ella la guardaba y las cosas eran para mi casa.

Camila es tía de Vanesa, la nena que se recupera lentamente en el Hogar Eva Pueblo y en un centro de día para tratar su adicción. Camila habló con ella por teléfono, dice. La nota mejor. Y le parece bien que se haya internado. “Yo no le deseo el mal a nadie.” Aunque a ella no le gusta pensar que también podría dejar la calle para buscar otro destino. No hay futuro, cree. Los operadores que la conocen consideran que podría ser necesario internarla pronto: su salud se deteriora con prisa. La tos es el inequívoco sonido de sus pulmones dañados. Ya perdió un bebé, hace pocos meses, en la calle, sin recibir asistencia médica. Es demasiado fuerte en su vulnerabilidad extrema. Tanto que para los profesionales que la siguen es demasiado peligroso ese ánimo siempre altivo, ese orgullo con el que habla de su vida aunque describa lo siniestro sin quebrarse, riéndose de a ratos de sus días de piba en jaque. “A mí dejame así, que me pongo a fumar seis o siete días, y listo, no jodo a nadie.”

* Los nombres de las niñas han sido cambiados.

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-67530-2006-05-29.html

LAS EXPLICACIONES DEL FISCAL |“No hay imputados”
Por C. A.

“Son varias las causas en las que investigamos la prostitución infantil porque no sólo ha denunciado el Consejo, sino también vecinos, pero a pesar del esfuerzo no se ha logrado imputar a alguien. Pero la causa no termina, seguimos trabajando, no podemos adelantar medidas”, le dijo a Página/12 el fiscal Marcelo Munilla Lacasa, titular de la fiscalía de Pompeya. Entre las acciones de los fiscales hubo seguimientos a autos que levantaron chicas en Amancio Alcorta y Bonavena. Uno de ellos fue detenido al salir de un hotel alojamiento. Pero al confirmar los datos de la chica resultó tener 21 años, aunque por estar muy delgada por el consumo de paco parecía mucho menor.

–¿En qué terminó la denuncia del Consejo de Derechos?

–La causa no se termina. No tenemos una persona concretamente imputada. Las denuncias son genéricas en cuanto a que se estaría ejerciendo la prostitución en tal lado. Hemos hecho muchos intentos y nos reunimos con organismos del gobierno nacional y de la ciudad y quedamos en que si las mismas asistentes notan un hecho en particular, podemos hacer los procedimientos.

–¿Cuál es la dificultad?

–Son varias. Las chicas son víctimas, y por ejemplo no quieren venir a declarar. Es parte de su vida, lo tienen asumido. Si vienen acá, se enteran en la villa y no pueden seguir trabajando en lo mismo. No es lo único que hacen. Hoy hacen eso, si luego resulta robar una cartera lo hacen, es decir son varias cosas que se van presentando. A las mismas asistentes sociales les cuesta ubicarlas. No hemos determinado que sean explotadas por personas. Por donde ocurre, es difícil implantar consignas policiales.

–Pero todos coinciden en verlas subir a los autos.

–Subirse a un auto no es ningún delito. Hay que determinar qué están haciendo. Dónde van. ¿Qué hacen adonde van? Es posible sólo si se los toma con cámaras. Hemos visto las patentes, pero eso no determina la comisión del delito. El Código Penal mucho no ayuda, las normas exigen que declare una víctima y no puedo obligarla a venir.

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/67530-22068-2006-05-29.html

UN HOSPITAL CON CAMAS ESPECIALES |Paco con atención
Por C.A.

Hacía nueve meses que Vanesa quería dejar la calle. Se lo había pedido de muchas maneras a los operadores de la Dirección de Niñez del gobierno de la Ciudad que trabajan con chicos de la calle en Pompeya. Se lo había dicho a las tres trabajadoras sociales del Programa Contra la Explotación Sexual que recorren el barrio. Se lo había insinuado a los del Centro de Día Niños de Belén. Pero aunque los profesionales lo intentaron y finalmente fueron varias áreas las que se coordinaron para encontrarle una salida, costó tanto que en el camino se avanzó en un primer modelo de trabajo transversal para atender casos en extrema crisis como el de ella. Por primera vez, un hospital habilitó camas especiales para chicos con una crisis terminal por el consumo al paco.

“Tuvimos que decir Vanesa se está muriendo. Necesitamos que alguien por la fuerza interne a Vanesa. No podemos obligarla, necesitamos que la obliguen”, cuenta la licenciada Florencia Calcagno, coordinadora del Programa Contra la Explotación Sexual que siguió el caso. La odisea para ayudarla derivó en la inclusión en el inminente Plan Transversal de Políticas de Infancia la prevención del consumo de pasta base y la asistencia a las víctimas del flagelo.

A los 16 años, Vanesa fue una de las primeras nenas en pararse sobre Amancio Alcorta y acceder a las propuestas de los choferes que las veían pidiendo monedas. Ella además se había enamorado de un morocho de unos 20 años al que le seguía los pasos y comenzaba a pagarle con el dinero de su propio trabajo sexual las dosis de la pasta base. Como ninguna otra de las chicas, ella se había aferrado a una idea exagerada de amor y las demás solían increparla por su actitud. “Puta, encima que laburás, lo hacés para ese 8.40”, le gritaba enojada su sobrina, Camila, más chica, pero orgullosa de no tener un administrador, algo remotamente parecido a un proxeneta. Todos los que conocen la problemática de las nenas de Pompeya coinciden en que no existe ni la leve sombra del proxenetismo en este drama: se trata de la salida a una mayúscula marginación, un efecto colateral del paco.

Como la mayoría de los que paran en la zona, Vanesa llegó a pedir y a vender baratijas con su mamá. Venían de Pontevedra en el tren que sale de González Catán, cruza el conurbano y termina en la estación Buenos Aires, al sur de la ciudad. Pero se fue quedando. Los que la conocen de la calle, los recuerdan como un grupo que se diferenciaba de otros en la zona. Eran hermanos, tíos, primos, una especie de clan, y como miembros gozaban de la protección mutua y de cierto orden y organización para sobrevivir. Juntos llegaron a los fumaderos de Zavaleta. “Se fueron quedando porque los mismos que les daban el paco les daban calor en invierno y a veces el desayuno”, cuenta Calcagno. “Hace un año empezamos a darnos cuenta de que cuando íbamos ya no nos prestaban mucha atención. Estaban mirando si venían los clientes, preocupadas por otra cosa. Habían comenzado a prostituirse para consumir”, relata Miguel Sorbello, trabajador social y coordinador del Centro de Día de la Iglesia Nuestra Señora de Caacupé.

Sorbello fue uno de los que siguió el caso de Vanesa tan de cerca como pudo. “En tres oportunidades la internamos, pero siempre ella terminaba resistiéndose, no eran los lugares que se necesitan. El Centro de Atención Transitoria (CAT) –del gobierno de la ciudad– no está preparado para un caso así. Hubo momentos en que lográbamos que ellas aceptaran internarse, pero nadie tenía lugar. Faltan instituciones específicas para casos críticos de consumo de paco en adolescentes”, explica. En noviembre del 2005 quedó acreditado en la causa a cargo de la jueza María Rosa Bosio –en la que la magistrado la tutela como menor en riesgo–, que dio “una respuesta negativa fundamentada en la ausencia de vacantes disponibles”. Recién cinco meses después, la ciudad consiguió un lugar para la chica en el hogar para madres adolescentes Eva Duarte. Para la subdirectora del hospital Penna, María Angela Toscano, una médica que trabajó 16 años en el Centro de Salud de la Villa 21, el paco no es nuevo. Comenzó viendo cómo los chicos aspiran la bolsita de pegamento, pero ahora es testigo del deterioro que padecen los que llegan con poco resto a la guardia del hospital. “Tenemos profesionales que sufren de ver a los chicos a los que vieron nacer en el barrio tirados en la puerta del Centro de Salud, porque allí se van como buscando una última ayuda quizás inconscientemente. No sólo es que se crean dos camas de crisis para la nena que ya tratamos y las que vendrán. Se crearán todas las que sean necesarias. Es prioridad”, le dijo a Página/12. Sólo en los centros de salud de la zona del Penna, en el primer semestre hubo 30 chicos y chicas consumidores de paco que llegaron graves a la consulta. De ellos, sólo ocho continuaron un tratamiento. “Tenemos que pensar cómo hacer para atenderlos allí donde están porque es imposible que solos lleguen al hospital –dice Toscano–. Y tenemos que pensar qué hacer después, en el caso de que se dé el milagro de que se recuperen. Porque luego vuelven a la casa y allí no encuentran a nadie.”

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/67530-22069-2006-05-29.html

“La policía hace caso omiso”

En el informe al que tuvo acceso exclusivo Página/12 se señala también la actitud de la Policía Federal. “En esta zona circulan constantemente patrulleros y agentes policiales –dice–. Ellos presencian las situaciones de explotación, sin tomar algún tipo de medidas contra los clientes, teniendo conocimiento que este tipo de acción es un delito, quedando de esta manera en total impunidad. La misma policía que hace caso omiso a dicha situación, ejerce violencia física y verbal hacia los/as chicos/as estando en la calle y cuando son detenidos/as y llevados a la comisaría.”

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/67530-22070-2006-05-29.html

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