La falsificación de la democracia |Por Mariano Grondona
El dinero falso engaña mejor cuanto más se parece al verdadero, porque el engaño no se completa cuando el falsificador pone a prueba su ingenio, sino cuando el engañado asume sin quererlo el papel de ingenuo. Hacen falta dos para bailar el tango. Hacen falta dos, el astuto y el ingenuo, para consumar el engaño.
La moneda falsa levanta vuelo gracias al impulso de dos turbinas. Una, el arte del estafador. La otra, la credulidad del estafado. Es difícil reunirlas. Cuando ellas se reúnen, sin embargo, el dinero falso se impone al verdadero obedeciendo a la ley que el economista inglés sir Thomas Gresham descubrió en el siglo XVI al afirmar que la moneda de menor valor tiende a desplazar a la de mayor valor. Que la ley de Gresham sigue vigente entre nosotros lo demostró hace muy poco la vigorosa circulación de los "patacones".
Pero esta observación dista de ser sólo económica porque también se aplica en el ámbito político. En esta última semana, para no ir más lejos, una falsa versión de la democracia intentó desplazar por tres veces a la autenticidad democrática.
Falsificaciones
Las dos primeras falsificaciones políticas de las que estamos hablando ocurrieron en un mismo día, el último martes. En ese aciago día, el doctor Atilio Alterini renunció a su candidatura al rectorado de la UBA. Alterini contaba con una mayoría más que suficiente para ser elegido. Una tras otra, sin embargo, las asambleas legalmente convocadas para designarlo fueron frustradas por la acción violenta de un puñado de agitadores.
Este atropello se realizó, empero, en nombre de la democracia. Los revoltosos alegaron que falta democracia en la Universidad. Quieren, dijeron, una Universidad más democrática. Alcanzar el nuevo sistema más democrático al que dicen aspirar requeriría la sanción de una nueva ley universitaria. Los agitadores no esperaron a que el tratamiento eventual de esa nueva ley discurriera por los cauces institucionales. Apelaron a la acción directa.
Lo más grave fue que pretendieron envolver sus acciones ilegales con la bandera de la democracia. Pero lo que hicieron no fue mejorar, sino sustituir la democracia vigente por la violencia. Recurrieron a la ley de Gresham.
En plena Revolución Francesa, cuando la llevaban al cadalso, madame Roland pronunció una frase que quedaría en la historia: "Libertad, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!". Tendríamos que exclamar ahora: Democracia, ¡cuántos engaños se despliegan en tu nombre!
Ese mismo martes, una mayoría calificada de la Cámara de Diputados prohibió el ingreso de Luis Patti en el cuerpo por "falta de idoneidad moral". Patti, sin embargo, había sido votado por un número suficiente de ciudadanos. Y así se dio el caso de que un grupo de diputados que había llegado a la Cámara con el mismo título que él proscribió a Patti. Eso sí: en nombre de la democracia.
Pero la democracia prescribe que la elección de los diputados no depende de sus pares, sino de los votantes. ¿Ciento sesenta diputados cuentan más que 400.000 votantes? Pero ¿a quién pertenece la soberanía? ¿Al pueblo o a los diputados? La sustitución de los electores de Patti por los elegidos por otros electores fue una violación flagrante de nuestro sistema político. De ahora en adelante, no bastará con ser elegido legalmente por los ciudadanos. Habrá que pasar además el filtro de los demás diputados. Con la falsa invocación de la democracia, imperó de nuevo la ley de Gresham.
En su artículo 22, nuestra Constitución prescribe que "el pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste comete delito de sedición". Esta tajante definición podría ser traducida a los tiempos actuales de la siguiente manera: "La Plaza no es el pueblo". Si no es en la Plaza, ¿dónde se expresa entonces el pueblo? Unicamente en las jornadas electorales.
Por más que lo hayan pretendido sus sucesivos organizadores, pues, la Plaza nunca ha sido el pueblo. No lo fue cuando la llenó Galtieri en 1982. Tampoco lo fue cuando la llenaron Cámpora y sus Montoneros en 1973, ni cuando Perón echó a los Montoneros de ella al año siguiente. Pero el último jueves, cuando el presidente Kirchner exclamó en su discurso: "Volvimos", ese regreso de los Montoneros 33 años más tarde, apoyados insinceramente por los sindicalistas a los que antes mataban y por los gobernadores e intendentes seducidos por la Caja, tampoco era el pueblo porque el pueblo, que no puede ser representado arbitrariamente por algunos miles de manifestantes disciplinados por el poder (en la Plaza caben alrededor de 100.000 manifestantes), sólo se expresa no ya por miles sino por millones en las urnas donde vota libremente.
Hay que prestar atención a la degradación de las palabras. Si ellas se desgastan, ¿cómo nos comunicaremos en la consiguiente Babel? El Presidente, al dirigirse a la Plaza donde supuestamente estaba el pueblo declaró que su propuesta es "plural". Pero el pluralismo al que apelaba, ¿consiste acaso en la aglomeración de los seguidores más diversos bajo un férreo liderazgo o en el diálogo entre grupos diferentes que se respetan mutuamente sin perder su identidad? ¿Es entonces auténticamente "pluralista" un presidente que niega el diálogo y no deja de descalificar a quienes no piensan como él? ¿O, como observó Elisa Carrió, la política, al abusar de las palabras más nobles termina por devaluarlas, echando a correr en su reemplazo una nueva moneda falsa? La ley de Gresham no se aplica solamente a la palabra "democracia".
Rebelión de los ingenuos
Es difícil que alguno de los argentinos adultos no haya sido alguna vez tan ingenuo como para caer en la ilusión de la Plaza. Cayeron en ella los miles que vivaban a Perón. Caímos también los jóvenes que el 23 de septiembre de 1955 llenamos la Plaza para vivar al general Lonardi, creyendo ingenuamente en el fin del peronismo. Una y otra vez, la Plaza fue abusada por ocupantes fascinados por el espejismo del pueblo. Pero imponer sus ideas en la Plaza en lugar de las urnas no es una práctica democrática sino fascista. Perón, que lo había aprendido de Mussolini, sabía que el pueblo, cuando se lo sustituye por masas no espontáneas sino movilizadas, deja su lugar a la ley de Gresham del autoritarismo disfrazado. Fue así como, obedeciendo a su colosal incultura, Galtieri creyó que impresionaría con las masas en la Plaza al secretario de Estado Haig a su paso por Buenos Aires en plena Guerra de las Malvinas, no advirtiendo que, en los países de tradición democrática, la Plaza espanta.
Todos, antiperonistas y peronistas, civiles y militares, han llenado cada uno a su turno la histórica Plaza. Pero ella, mansa como es, sólo respondió a una expresión auténtica cuando fue poblada por los revolucionarios de Mayo. A partir de ahí, siempre fue usada. Todos la usamos, cada uno a su turno, porque en el fondo de nuestra cultura late, todavía, el autoritarismo. ¿No habrá llegado el momento de renunciar a la Plaza, a esa ley de Gresham, a ese "patacón" político mediante el cual hemos vivido engañándonos a nosotros mismos? ¿No habrá llegado la hora de proclamar la rebelión de los ingenuos?
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