Sobre las leyes y las trampas |Por Osvaldo Pepe
El caso de la adulteración de las patentes de los autos para esquivar las eventuales multas fotográficas (ver "Hacen más de mil multas al mes por tapar o adulterar patentes")es una de las manifestaciones más visibles de la llamada "viveza criolla", una sociedad habituada a sobrevivir con desapego, y aun con desprecio, a las normas. En el primer trimestre del año se hicieron 3.278 infracciones por esa irregularidad. No es una conducta nueva, sino un estigma del modo de ser argentino, que nos acompaña desde nuestra organización como Estado independiente. Y aun antes, cuando en la Colonia la incipiente burguesía comercial portuaria juraba fidelidad a la corona española y, bajo cuerda, contrabandeaba los productos ingleses de los talleres industriales de Manchester.
Hay ciudadanos que borronean sus patentes y otros con autos lujosos que no pagan ese impuesto. Ninguna desconfianza sobre el Estado justifica esas conductas. Aunque la sociedad no ha recibido señales de virtud ni nociones de equidad y en diferentes gobiernos el Estado ha sancionado leyes bajo pago de sobornos, incautado los ahorros de sus ciudadanos o cambiado reglas de juego de la noche a la mañana.
En el tema de las multas fotográficas, por ejemplo, el Gobierno porteño sostiene un sistema punitivo como mínimo poco transparente. Cuelga las infracciones en Internet y por lo común no avisa de las mismas. Bloquea así la prevención, ya que quien no sabe que fue multado no está atento a evitar la reincidencia. Además, hay algunas cámaras ocultas en lugares sin riesgo visible, lo que huele a sospecha recaudadora. ¿No estaremos, en cierto modo, ante una "viveza criolla" ejecutada desde el poder? Algunos se creen con derecho a responder con lenguaje pirata: "Hecha la ley, hecha la trampa". Se equivocan. Tapar las patentes no es viveza y menos rebeldía, sino una declinación de la ética ciudadana. Y hasta puede llegar a ser un delito con destino final de cárcel.
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