Tres años de economía en dos historias
Un empresario y un cartonero cuentan cómo los vivieron
Pablo Sönne está haciendo una nueva fábrica. Manuel Márquez sigue juntando cartones. Son dos experiencias opuestas de las millones que podrían contarse para ilustrar qué pasó en tres años de la economía bajo el gobierno de Néstor Kirchner.
- Pablo Sönne, dueño de una pyme exitosa |"Volvimos a ganar plata"
Manuel Márquez, sin trabajo formal |"Estamos cada vez peor"
Desde mayo de 2003, cuando asumió el poder, la economía argentina creció aproximadamente un 30%. La recuperación dejó pasó en los últimos tiempos a la expansión.
El Gobierno reestructuró la deuda en default, con una quita de 70%. Después canceló todo el pasivo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), lo que no significa que la Argentina haya dejado de tener una abultada deuda pública, que asciende a US$ 124.000 millones. La estadística oficial de desempleo bajó en tres años del 17,8% al 11,4% y la de subocupados varió en forma similar. La indigencia se redujo del 27,7% de la población argentina al 12,2% (4,5 millones de personas), mientras que la pobreza bajó del 54% al 33,8% (12,5 millones).
La inflación se convirtió en un problema a partir de 2005: desde entonces se ha ido acumulando una suba del 16,7% en el índice de precios. En tanto, los salarios, que venían retrasados desde la devaluación, subieron un 24,4 por ciento.
Por Alejandro Rebossio
De la Redacción de LA NACION
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Pablo Sönne, dueño de una pyme exitosa |"Volvimos a ganar plata"
Hace siete meses comenzó a levantarse otra fábrica al costado de la Panamericana. En julio se terminará y Rever Pass pasará a producir allí, en Pacheco, seis veces más prendas que en su actual planta de Martínez. "No todo es maravilloso, esto es un gran riesgo, pero estamos en condiciones de abastecer el mercado interno y otros mercados", sueña Pablo Sönne, de 42 años, uno de los dos hermanos dueños de esta pyme de un sector que revivió tras la devaluación.
Rever Pass facturará este año un 140% más que en 2003. Pasó de emplear a 70 personas en aquel tiempo a contar ahora con 240. Habrá 400 cuando se inaugure la planta de 12.000 metros cuadrados que está erigiéndose con una inversión de 8 millones de pesos y el trabajo de 150 obreros. Un puente sobre una pequeña laguna artificial servirá de acceso a la recepción de este edificio corporativo donde no sólo estarán las máquinas -se invertirá US$ 500.000 adicionales en ellas-, sino también los departamentos de diseño y de investigación y desarrollo, salas de conferencia, de exposición y para desfiles de colección.
Los albañiles no detienen el trajín de carretillas ni el uso de las sierras, mientras Sönne recuerda que el plan de construir la fábrica data de antes de la devaluación, a fines de 2000, cuando las ventas venía cayéndose y planteaban "atacar el mercado internacional". A pesar de la convertivibilidad, su familia confiaba en el creciente desarrollo de la marca Rever Pass, asociada a deportes como el rugby y el surf, y en que "la Argentina siempre fue muy buena en tejido de punto". Al igual que ahora producía casi todo en el país, aunque con muchas materias primas importadas.
"Pero el mercado se deprimió en 2001 y 2002 y dedicimos vender toda la mercadería a pérdida a los efectos de mantener el personal calificado, las bocas de venta y el liderazgo de la marca", recuerda Sönne, que tras la crisis quedó como uno de los dos únicos dueños. "En 2003 empezamos a recuperarnos y en 2004 y 2005 volvimos a ganar plata." En la crisis cerraron un local en el Tren de la Costa y tuvieron que hacerse cargo de los siete franquiciados. "Ellos no podían trabajar a pérdida", explica Sönne, casado, dos hijos, ex rugbier de Pueyrredón, vestido con jeans gastados y zapatillas negras Nike.
No sólo precio
Ahora reflotaron su plan. "Tardamos en la búsqueda del lote por las limitaciones monetarias que teníamos y porque buscábamos un predio con resguardos de seguridad", cuenta Sönne. Se financian con capital propio y créditos de diversos bancos, que les prestaron a cambio de poner la fábrica como garantía.
Rever Pass quiere producir más para desarrollar diseños más exclusivos. "Necesitás un consumo mínimo para amortizar las hormas", explica Sönne. Aunque reconoce que el tipo de cambio competitivo "es muy importante para poder terminar de fortalecer" al sector, apuesta a la calidad por si algún día se aprecia el peso, y al mercado externo para no depender del interno.
Una vez que termine la inversión aumentará sus locales franquiciados en el exterior -en los últimos años abrió dos en Chile y otro en Uruguay-, con la mira puesta en América latina, Irlanda, España, Australia y Sudáfrica. En la Argentina prevén hasta 30 negocios franquiciados. "Abrimos hace poco en Laprida y Santa Fe; esta semana, en Caballito. También firmamos el contrato para abrir en Belgrano", se entusiasma Sönne.
"Hasta acá todos hablamos de recuperación, pero hay que dejar de hablar de los efectos y empezar a hablar de las causas. Se necesita un plan nacional de mediano y largo plazo, y después podremos hablar de precios o salarios." ¿Por qué invierte pese a la falta de plan? Invierte porque él tiene el suyo.
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Manuel Márquez, sin trabajo formal |"Estamos cada vez peor"
Llega una ráfaga de olor nauseabundo que pronto se disipa. Abajo, tres pibes juegan con un camioncito sobre Plumerillo, una callejuela de tierra del barrio La Cava de Villa Fiorito llena de piedras, baches, una ojota olvidada, papeles y botellas abolladas. Antes de llegar a la canchita de fútbol que se armó al fondo, gracias a que se corrió la montaña de residuos, entre dos carros a caballo aparece Manuel Márquez, de 23 años, de los cuales los últimos cinco trabajó de cartonero. "Estamos cada vez peor", dice a modo de presentación.
Manuel nunca fue al jardín de infantes ni a la escuela. Tiene el registro de conducir, pero en casi todos los trabajos lo rechazan por analfabeto. "Si estudio, no trabajo. Y si no trabajo, no como", explica este joven con jogging de San Lorenzo que debe alimentar también a su mujer y a sus tres hijos, el mayor de los cuales asiste al jardín.
Hasta la semana pasada, además de salir a cartonear por Palermo, Manuel conducía el camión que los lleva hasta allí a las 17 y los trae a las 23. Le pagaban $ 10 por día. Lo hizo durante tres meses para comprar su casa, pero una vez que reunió todo el dinero lo dejó para dedicarse sólo a recolectar botellas de plástico y diarios: "Terminaba de trabajar a las cinco de la mañana y al día siguiente no me podía despertar". Ahora gana más o menos $ 75 por semana, que recibe cada sábado cuando vende los residuos que acumula dentro y fuera de su hogar. Además cobra $ 150 de un plan social. Es decir que suma apenas 50 más de lo que necesita una familia tipo (cuatro personas) para cubrir la canasta básica alimentaria.
A Manuel no le alcanza para comprarle a su beba de meses el remedio que necesita porque "se enfermó de los pulmones". No es el único que sufre. Su amigo y también cartonero, Darío Torres, de 17 años, debe mantener a su novia, que está embarazada, y a sus dos hermanas menores porque murieron sus dos padres. Darío estudió hasta quinto grado, pero tampoco le alcanza para conseguir otro empleo. El año pasado lo tomaron en un taller mecánico, pero duró una semana: "El dueño me echó a la m... porque soy muy chico y necesita alguien con más fuerza. Después de eso no insistí en buscar laburo. Te preguntan dónde vivís y...".
Lo interrumpe Manuel: "Yo intenté en una panadería, pero piensan que si vivís acá, andás robando, pero si les pido trabajo es porque no robo".
Un día sin comer
Otra vecina del barrio se suma a la conversación, María del Carmen San Martín, que en sus 40 años tuvo 11 hijos y un trabajo de empleada doméstica, hasta que en 2004 lo perdió. "Acá muy pocos trabajan de otra cosa que no sea de cartonero; hacen changas nomás, en limpieza o cortando el pasto", describe Manuel. "Hoy no comieron mis hijos", reconoció María del Carmen casi con naturalidad. Su marido, cartonero de toda la vida, no puede salir todos los días a trabajar porque su caballo se cansa de tanto viajar a la Capital Federal. Cinco de sus hijos van a la escuela, donde reciben una comida. A una cuadra de allí, el Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados (MIJD), de Raúl Castells, sirve la leche a 140 niños.
"Acá comemos guiso, tortilla, milanesa una vez por mes y asado sólo si hay una fiesta", comenta Manuel mientras fuma un cigarillo. "Está todo cada vez más caro. Antes con 10 pesos comías", recuerda el joven. También le pagan más por el kilo de residuos, pero advierte que cada vez se encuentra menos basura. "Antes había menos gente [cartoneando]. Ahora hay mucho más que un año atrás. Antes salía y ni tenía que llegar a la Capital que me volvía con el carro lleno." En su barrio se acaba de formar otro asentamiento: especies de carpas hechas de plásticos y cartones. Por allí cerca el Gobierno está levantando viviendas.
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