Día del Ejército: La lógica de la tensión constante
Por Rosendo Fraga
Desde el inicio de su gestión tres años atrás, el presidente Kirchner viene teniendo una relación difícil con las Fuerzas Armadas.
Comenzó con un descabezamiento de las cúpulas militares, que no pareció del todo razonable dado que se habían mantenido en absoluta subordinación al poder civil durante la crisis socioeconómica más grave de la historia, que en el plano institucional se manifestó con la sucesión de cinco presidentes en sólo 10 días.
Siguió con la anulación de las llamadas "leyes del perdón", cuya convalidación Kirchner reclamó públicamente a la Suprema Corte.
En este contexto, las Fuerzas Armadas parecen ser uno de los adversarios políticos frente a los cuales el Presidente buscó generar la "acumulación de poder", una de cuyas manifestaciones ha sido la exitosa Plaza del Sí del 25 del mes actual.
Los militares y la "corte menemista" fueron los primeros elegidos, después siguieron la "vieja política", la dirigencia sindical tradicional, en algunas circunstancias la Iglesia católica, el empresario -que ha sido un adversario cambiante, ya que en varios casos ha terminado en aliado- y el peronismo independiente, sobre todo en los últimos meses.
La política exterior no ha escapado a esta regla, y actitudes similares se asumieron frente al Fondo Monetario, a Italia -por su reclamo frente a los bonistas-, al presidente de los Estados Unidos -en la pasada Cumbre de las Américas- y ahora al Uruguay -por el conflicto de las papeleras-. En general han sido adversarios de un momento que después ha pasado.
Pero las Fuerzas Armadas aparecen como el adversario político más constante o permanente que ha elegido Kirchner. Ocuparon el primer lugar al comenzar su gobierno, en mayo de 2003, y lo siguen haciendo tres años más tarde, como lo muestra su discurso y su actitud en el Día del Ejército. El mensaje mostró que el Presidente sigue teniendo una visión político-ideológica del problema militar centrada en las violaciones de los derechos humanos como eje de su política de defensa, a tres décadas de los desgraciados hechos que tuvieron lugar en nuestro país.
Temas centrales
Las Fuerzas Armadas tienen 70.000 hombres en actividad (la mitad de ellos pertenecen al Ejército), y si seis oficiales jóvenes participaron en un acto público sin autorización de sus superiores, ello no debería ser una situación que llevara al Presidente a hacer de esta cuestión el tema central de su discurso cuando esta fuerza conmemora su día.
De acuerdo con la Constitución, el Presidente es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, como no lo es del Poder Judicial ni del Congreso -dos poderes independientes- y como tampoco lo es de los factores de poder, de los grupos de presión o de los partidos políticos. Tampoco parece razonable que el titular del Ejecutivo abandone la ceremonia en medio de su desarrollo, cuando este tipo de acto forma parte de sus funciones como comandante en jefe.
En los últimos meses, la política militar parece enfocarse en una suerte de castigo a los militares. Se anuncia la disolución de los liceos. Se presenta como disminución de las atribuciones de los militares una concentración de funciones en el Estado Mayor Conjunto. Se anuncia que se derogará el código de justicia militar, sin analizar que si se tomara esa medida nunca podrían haber sido sancionados los seis oficiales que asistieron al acto de la plaza San Martín.
Pero el punto más relevante es que el Presidente, en el papel de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, deje de verlas como un adversario político y las asuma como un área esencial del Estado bajo su conducción, como sucede en el resto de los países de la región y del mundo.
El autor es director del Centro de Estudios Nueva Mayoría.
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