¿Es lo mismo agresividad que fortaleza? |Por Mariano Grondona
Esta semana, el Presidente dio nuevas muestras de agresividad. El lunes pasado, en el Día del Ejército, increpó directamente a los oficiales del Ejército que se habían formado para la ocasión, diciéndoles: "No les tengo miedo" pese a que son, institucionalmente, sus subalternos. El jueves pasado no agredió de manera directa a su ex ministro Roberto Lavagna, que había discrepado públicamente con la actual política económica, pero envió contra él al coro de sus incondicionales agrediéndolo, esta vez, indirectamente.
Sea que se manifieste contra el Ejército o contra sus ex colaboradores, contra el campo o contra algunos empresarios (su secretario Guillermo Moreno acaba de ordenar a las empresas petroleras que importen gasoil a pérdida), contra sus opositores (excluidos expresamente y en alta voz el último viernes de su llamamiento a construir un país "plural") o contra el periodismo independiente, incluso contra funcionarios extranjeros (acaba de exigirle al gobierno paraguayo que retire a su embajador), no pasa una semana sin que el Presidente dé curso a una o varias agresiones, ya sea en forma directa o a través del coro de sus incondicionales, ese coro al que Lavagna acaba de calificar de "comparsa".
Lo que importa aquí, sin embargo, no es certificar este rasgo evidente del carácter presidencial, sino preguntarse si agredir, como lo hace de continuo, es una muestra de fortaleza o de debilidad.
La palabra agredir proviene de la raíz indoeuropea ghredh , cuya significación originaria es "avanzar", "marchar", contra alguien. La palabra "fortaleza", ligada a "fuerza", proviene, en cambio, de la raíz indoeuropea bhergh , que quiere decir "altura", "muralla o acrópolis situada en lo alto de una montaña". Pese a que fonéticamente ambas raíces son vecinas, su sentido es opuesto. El agresor avanza sobre el agredido, pero ello no significa que, si encuentra al agredido en una firme posición, no vaya a retroceder después. El fuerte, en cambio, espera, confiado en la solidez de su defensa. Es atacado primero, pero, si resiste con éxito el primer ataque, también es capaz de lanzar una contraofensiva contra su agresor. Y así concibió Von Clausewitz "el arte de la guerra": resistir primero y castigar después la "insolencia" del invasor.
Avanzar y retroceder
La duda sobre la fortaleza o la debilidad del Presidente nace del hecho de que en más de una oportunidad ha retrocedido después de agredir a algún sector. Así ocurrió por lo pronto con la Iglesia. Empezó por exigirle que reemplazara de inmediato al vicario castrense monseñor Basseoto. Cuando se estrelló, empero, contra la roca del Vaticano, dejó de boicotear el tedeum del 25 de Mayo en la Catedral Metropolitana como lo había hecho el año pasado en Santiago del Estero (tampoco había asistido al funeral de Juan Pablo II) para acudir al tedeum de este año, donde debió soportar en silencio la severa homilía del cardenal Bergoglio.
En esta pulseada entre el Gobierno y la Iglesia, ¿quién resultó entonces el débil y quién el fuerte? Lo mismo podría preguntarse sobre el conflicto entre el Gobierno y el campo. Después de prohibir de cuajo las exportaciones de carnes y de llamar a los productores "pícaros y avaros", en efecto, el Gobierno levantó parcialmente la veda cuatro meses antes de lo que había previsto. ¿Es posible disociar esta resolución rectificadora del hecho de que el campo se preparaba para declarar un paro nacional? ¿Quién ha demostrado ser el fuerte y quién el débil en este episodio?
La tercera prueba de que la agresión no anticipa siempre una victoria contundente es lo que pasó con los militares. Poco antes del Día del Ejército, la ministra de Defensa, Nilda Garré, que es la punta de lanza del encono del Gobierno contra las Fuerzas Armadas, trató de enviar a los militares detenidos a cárceles comunes y de disolver los liceos militares. Pero, a la vista del malestar de la institución, expresado a través de un número de oficiales en actividad que se concentró de uniforme en la Plaza San Martín para recordar a sus muertos en la guerra contra la subversión (y no, como se interpretó con dudosa buena fe, a reivindicar el método militar en esa guerra, que ya ha sido reiteradamente repudiado por civiles y militares) y a través de otro número de oficiales que le dio la espalda al propio Presidente en el Día del Ejército, ya no se habla más ni de las cárceles comunes ni de la supresión de los liceos.
Vale consignar en este sentido que los oficiales que expresaron de un modo o de otro su malestar por la "media memoria" que rige en el Gobierno, condenatoria de los militares pero elogiosa de los montoneros, son tenientes o capitanes. Es decir, jóvenes militares que en los años setenta eran niños o ni siquiera habían nacido. Ello quiere decir que el Ejército argentino, pese a tantas embestidas, no se ha quebrado y que Garré debería abandonar su sueño de convertirlo en un ejército "chavista", porque no sólo sus retirados sino también sus jóvenes oficiales reaccionan al sentirse discriminados.
A la vista de que el Gobierno, ante el nuevo clima que se había creado, dio marcha atrás en las cárceles y en los liceos, ¿quién ha sido, aquí también, el más fuerte, y quién el más débil? Contra lo que dice el refrán, en los tres casos que estamos analizando el que pegó primero no pegó dos veces.
Sobre la autoridad
En otras circunstancias, empero, al Presidente le ha ido bien al embestir a los que después se convertirían en sus subordinados. Basta recordar con nombre y apellido, como prueba, el coro de los incondicionales. Le vaya bien o le vaya mal en su táctica agresiva, lo que a estas alturas de los acontecimientos ha quedado claro, de todos modos, es el método de acción presidencial. Primero, embiste. Si el embestido se inclina, ya sea empresario, político o periodista, lo incluye en la nutrida fila de sus sometidos, premiándolo con la "zanahoria" de los subsidios en vez del "palo" con el que lo había amenazado. Si el embestido, en cambio, preserva su dignidad, el Presidente retrocede a las posiciones anteriores. Ahora que el método presidencial ha quedado a la vista son más los que están aprendiendo cómo contrarrestarlo. Lavagna ya ha reemplazado, por ejemplo, la cautela por el desafío.
Si un jugador de póquer ahuyenta a sus rivales mediante fuertes apuestas, se queda con el pozo. El problema se presenta cuando alguno de ellos le toma la apuesta, obligándolo a revelar sus cartas.
En su ensayo sobre La noción de autoridad , el pensador ruso-francés Alexander Kojève dice que la verdadera autoridad se demuestra cuando alguien obedece una orden a pesar de que podía no hacerlo. ¿Por qué obedece entonces? No por temor o codicia, sino por respeto, convicción o admiración. Cuando un hombre de Estado logra este tipo de seguimiento, decimos de él que es autoritativo . Cuando procura que le obedezcan, en cambio, mediante amenazas o subsidios, decimos de él que es autoritario . El presidente Ricardo Lagos culminó su gestión, así, rodeado por un aura "autoritativa", en medio de la consideración prácticamente unánime de los chilenos. A un año de su presunto intento de reelección, al presidente Kirchner le ha llegado la hora de decidir si éste es el tipo de acompañamiento al que todavía aspira.
Por Mariano Grondona
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