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Informe de Prensa

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Martes, 13 de junio de 2006

Las coaliciones son el futuro |Por Edgardo Mocca

Muy lejos del escenario previo a la crisis del 2001, la política argentina se va organizando alrededor de liderazgos populares y de reagrupamientos, a veces difíciles de prever, de dirigentes territoriales.

Politólogo, docente UBA

Con frecuencia, las invocaciones a la centralidad de los partidos políticos en el sistema democrático y a la necesidad del diálogo interpartidario se confunden con la ilusoria espera de que el paisaje político recupere la fisonomía anterior al derrumbe de 2001.

Igualmente recurrente aparece la añoranza por los partidos políticos masivos, programáticos e institucionalizados que nunca existieron en plenitud en la Argentina: lo más parecido a esa idealizada imagen fue un muy breve período posterior a la recuperación democrática en 1983.

Mientras tanto, la escena política va recorriendo otros itinerarios. Se va organizando alrededor de liderazgos populares —cuyo alcance es sistemáticamente medido por las encuestas de opinión— y de reagrupamientos bastante intensos, y a veces muy difíciles de prever, de dirigentes territoriales que se van nucleando a su alrededor. Estos reagrupamientos no se producen, sin embargo, en el vacío: no son solamente resultados de negociaciones oportunistas sino que están atravesadas por lealtades, identidades y, a pesar del sentido común dominante, también de ideas y proyectos.

El resultado de este modo de reorganizarse la política en los últimos años va poniendo paulatinamente en el centro de la escena una forma política de escasa presencia en el pasado: las coaliciones. Más allá de la frustración de la Alianza y de la mala prensa que suelen tener los pactos y acuerdos electorales, las coaliciones parecen ser el futuro de la política en Argentina.

¿Por qué? Por múltiples razones entre las que se cuentan la creciente complejidad sociocultural del país, el debilitamiento de las identidades políticas masivas, el crecimiento del electorado independiente y, no en último término, un sistema electoral de doble turno que exige 45% de los votos —o 40% y una diferencia mayor a los diez puntos porcentuales— para ungir a un presidente sin necesidad de segunda vuelta.

No es demasiado osado inscribir en esa lógica coalicional el llamado a la "concertación" públicamente enunciado por el presidente Kirchner. Tampoco la centralidad simbólica que va adquiriendo cada vez más el Frente para la Victoria en detrimento del tradicional Partido Justicialista en el tejido de apoyos del Gobierno. El previsto desembarco de dirigentes radicales y de otras fuerzas podría modificar la forma y la denominación del agrupamiento.

Claro está que tal como se insinúa hoy, este conglomerado no es una coalición en el sentido estricto de la palabra; es más bien una convocatoria vertical desde el Poder Ejecutivo, cuyos componentes no son actores políticos estructurados, sino figuras individuales capaces de representar la "pluralidad" que enuncia el Presidente. Las personas que sean a la vez memoriosas y escépticas podrán remitir esta operación a aquella otra que en 1946 absorbió a sectores del socialismo y el radicalismo bajo la hegemonía de Perón. Se puede pensar, sin embargo, que estos sesenta años no pasaron en vano y que la sociedad argentina es bastante diferente a la de entonces.

Es posible, por lo tanto, considerar la posibilidad de que dirigentes y grupos incorporados a la constelación oficialista vayan construyendo autonomía y generando una cultura de diálogo que evite la reiteración de la experiencia del "gran movimiento nacional", cuyo sentido está determinado por la voluntad del líder.

Ahora bien, los preparativos de la escena electoral de 2007 insinúan la posibilidad de que la coalición oficial compita con otra u otras coaliciones. También la oposición sabe que la dispersión de fuerzas la condena a la derrota y a la impotencia. En este caso, el problema no es, como en el caso del oficialismo, la amenaza de la hegemonía de un partido o de un grupo sino el de la fuente de su legitimidad política. Quienes pretenden presentarlo en sociedad como un frente de centroizquierda tienen el insalvable problema de que ese espacio está provisoriamente ocupado por el Gobierno. Aquellos que lo promueven como un acuerdo en defensa de la República tendrán grandes problemas para compatibilizar esa portada con la composición que tal acuerdo termine por tener.

Y un interrogante que tendrá que resolver este reagrupamiento es si hay o no hay en él lugar para una franja de dirigentes peronistas que abarque a quienes ya han deslindado su territorio respecto del Gobierno y a aquellos que esperan mejores condiciones para dar ese paso. Es probable que la coalición opositora, más allá de las intenciones de algunos de sus promotores, sea, más tarde o más temprano, una coalición de centroderecha.

http://www.clarin.com/diario/2006/06/13/opinion/o-02701.htm

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