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Informe de Prensa

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Blog con información de prensa sobre determinados temas. Es de carácter privado pero no confidencial.

Jueves, 15 de junio de 2006

El país donde 500 días es un siglo |Por Pablo Mendelevich

¿Vienen 500 días de campaña? Ese es, exactamente, el lapso que hoy nos separa de las urnas. Hasta el domingo 28 de octubre de 2007 hay 500 días, a razón de 200 este año y 300 el próximo, nada más prolijo.

¡Quinientos días! Mero par de días venusianos que en la Tierra, sin embargo, equivalen casi a dos embarazos humanos consecutivos o a uno de la ballena, que a diferencia de nuestra democracia veinteañera se viene ondulando en el agua desde hace cincuenta millones de años sin parar. En nuestro país, quinientos días, lo sabe cualquiera, equivalen a un siglo estándar.

Para verificarlo sólo hay que mirar el espejo retrovisor. Hace 500 días, el mejor aliado de Néstor Kirchner, Eduardo Duhalde, lanzaba una línea propia y la bautizaba Lealtad. Aníbal Ibarra recién había venteado, en Cromagnon, el venturoso futuro político que, hasta cinco minutos antes, le presagiaban los comentaristas sin necesidad de tirarle las cartas. Roberto Lavagna tejía la salida del default con controlado optimismo y notable protagonismo: aquel enero, en la presentación pública del canje, el Presidente le había permitido estar solo con la prensa y manejar el puntero. Ricardo López Murphy y Mauricio Macri aún no se habían juntado. Cristina Kirchner e Hilda González de Duhalde aún no se habían peleado.

Quinientos días, para reforzar la sensación temporal del lector, son apenas 10 días menos de lo que gobernó Duhalde entre 2002 y 2003. Eso falta.

Que se vota en octubre del año próximo es oficial. Aunque en el Gobierno no deben de hablar con frecuencia de la fecha, según se infiere del anuncio que hizo el ministro del Interior, Aníbal Fernández, seis semanas atrás, cuando proclamó que “sí o sí” –por suerte no golpeó la mesa con el zapato, como Nikita Kruschev en las Naciones Unidas– las elecciones se harán el domingo 27 de octubre.

Al día siguiente mandaron a alguien a comprar un almanaque y corrigieron: el 27, quién lo hubiera dicho, cae sábado. Bueno, pero día más, día menos, lo importante fue aclarar que las elecciones no se adelantan y que el horizonte electoral está más firme que granadero en la primera hora de guardia.

Después de todo, acá hay un sistema presidencialista y las instrucciones del juego, mucho más estrictas que las del TEG, vienen impresas en la Constitución.

Donde se adelantan elecciones es en los sistemas parlamentarios, y donde nadie termina de creer las fechas electorales anunciadas por el Gobierno es en el crepúsculo de las dictaduras. Acá se vota a los postres de cada mandato. A lo sumo, la variable móvil es la duración del mandato.

Hay quien supone que todo fue un dominó de malentendidos. Después de que Kirchner, acaso mal inspirado en Groucho Marx, declaró, en vísperas del 25 de mayo, que no pensaba hablar de la reelección porque nadie le iba a creer lo que dijera (¿será que piensa postularlo a Duhalde?), Lilita Carrió largó tempranísimo su propia candidatura presidencial, tal vez a sabiendas de que Roberto Lavagna instalaría temprano la suya, lo que, a su vez, le inyectó ansiedad a Mauricio Macri y aprontó el vestuario de Carlos Menem; eso, sin contar a los que se preparan en silencio y todavía nos deben la sorpresa, por lo que conviene administrar bien la capacidad de asombro.

Parece que a nadie se le ocurrió –de nuevo– mirar el almanaque, quizá porque cuando se trata de ver números distribuidos sobre un papel los políticos prefieren encuestas donde figura su nombre y no el de Julio.

Tanto como nadie no: se dice que Lavagna, que pasó 33 meses al lado de Kirchner (dos embarazos de ballena), teme que éste reinterprete la duración de su mandato especial de cuatro años y medio, se cercene medio año invocando el orden constitucional y nos lleve a todos a votar en marzo. Si hiciera eso, necesitaría buenos argumentos; entre otras cosas, para justificar la perduración del desfase con los mandatos legislativos que vencen en diciembre. Cual yudoca que se vale de la energía del rival, hasta podría decir: “No podemos vivir en campaña todo el tiempo, votemos ya y a otra cosa” (“…que se acaba la temporada de gloria”, agregaría algún malpensado).

Aunque la hipótesis de elecciones adelantadas no parece verosímil, resulta difícil dejar de ver que la duda flota sobre el horizonte político como el humo en una película de Pino Solanas. Su sola existencia merece ser considerada grave, ya que la campaña se precipitó, al parecer, sobre la base de que parte de la oposición no termina de creer lo que le dice el Gobierno por intermedio de los diarios (tête à tête, como se sabe, el Gobierno no habla con la mayoría de los líderes partidarios), en cuanto a que tienen 500 días por delante y no necesitan salir corriendo a comprar engrudo, tela para pancartas ni guantes de box para intercambiar ideas. Seamos justos: la oposición tiene un buen motivo para desconfiar. Ese motivo son las últimas presidenciales (hace ya más de dos siglos).

El padre del candidato presidencial in vitro Néstor Kirchner, es decir, el presidente Duhalde, que no llegó a completar el mandato que le había conferido el Congreso –él sí adelantó las elecciones–, preparó para la ocasión una receta normativa que nunca nadie había probado, una especie de sistema de lemas atenuado, que al cabo alumbraría tres candidatos justicialistas. Duhalde fundió el mosaico justicialista en un marco institucional ad hoc (recuérdese que se enorgulleció de una revolucionaria ley de internas abiertas que luego ordenó dejar sin efecto) y confirmó que en la Argentina casi ninguna elección presidencial se parece, desde el punto de vista normativo, a la anterior; de modo que la tradición cuenta poco. Como si se tratara de la colección primavera-verano, siempre cabe esperar deslumbrarse con algún corte nuevo.

Por suerte, las normas se escriben con tinta y gelatina. A nadie le va a interesar demasiado recordar que está vigente el Código Electoral Nacional, donde dice que una campaña presidencial no puede durar más de 90 días. Campaña, lo que se dice campaña –explicarán precandidatos y candidatos cuando algún malhumorado los amoneste por el madrugón–, es sólo cuando uno pide que lo voten o cuando hace publicidad con ese fin.

¿Nos esperan, pues, 500 días de no campaña? El Gobierno dirá que está concentrado en la gestión y se cuidará de no pronunciar la esmerilada palabra menemista: reelección. Y los candidatos opositores seguramente explicarán que la campaña no empezó –sólo avisan que les gustaría gobernar el país– porque ni siquiera tienen muy claro cuándo se vota.

Quién sabe cómo será todo dentro de un siglo, el 28 de octubre de 2007, y el día de la segunda vuelta –si hubiera–, que por estar próxima al infinito no se merece siquiera un renglón.

Link corto: http://www.lanacion.com.ar/814654

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