Illia |Las costumbres de un presidente distinto
Buenos Aires, junio 27 (NA) -- Las costumbres del ex
presidente Arturo Illia fueron parte del sello de su personalidad,
lo cual quedó demostrado durante el tiempo en que fue jefe de
Estado con gestos y actitudes poco frecuentes.
El dirigente radical, médico de profesión, era un hombre
inquieto que llegaba muy temprano a la Casa de Gobierno, dormía la
siesta plueblerina y luego trabajaba hasta altas horas de la noche
en su despacho.
También le gustaba salir de su lugar de trabajo y recorrer los
pasillos de la Casa de Gobierno y, sin avisar, se acercaba a
distintas oficinas oficiales y administrativas de la sede
gubernamental.
Nunca perdió su mañas de médico de pueblo y siempre tenía una
respuesta precisa para cualquier dolencia de sus colaboradores y
sus recetas, más cercanas a las caseras, eran un clásico entre sus
funcionarios.
En una oportunidad, Illia salía de su despacho para una cita
oficial cuando se detuvo para observar uno de los granaderos
que lo custodiaba y se quedó mirándolo fijamente.
El granadero estaba pálido y con signos de transpiración, por
lo cual el Presidente le pidió que le sacara la lengua para poder
revisarlo: "déjeme ver la garganta, mi hijo", solicitó Illia.
El conscripto se quedó paralizado y sin responder al pedido
del jefe de Estado, por lo cual el oficial superior que acompañaba
la salida de Illia del despacho le ordenó: "¡Granadero, sáquele la
lengua al Presidente!".
El joven, lleno de temor, no le quedó más que acatar la orden
de su superior y le mostró la lengua al Presidente que detectó una
angina y lo mandó a hacer reposo por 48 horas.
En otro oportunidad, durante un fin de semana frio y lluvioso,
Illia se apareció de sorpresa en el sector de descanso de los
granderos en la quinta de Olivos y se quedó, como tantas veces, a
tomar mate y escuchar la historias que le relataban los hombres
que tenían la responsabilidad de cuidarlo.
Sin embargo, hubo un día que una de sus actitudes causó temor
entre sus custodios, cuando desapareció de su despacho y nadie lo
podía encontrar en ninguna dependencia de la Casa de Gobierno.
El temor desapareció después, cuando alguien vio al presidente
Illia en la Plaza Colón, detras de la Rosada, dándole de comer a
las palomas.
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