Como se vacuno Chile contra la pendularidad: políticas macro, consenso y calidad institucional |Por Aleardo F. Laría
BUENOS AIRES, jul 04 (DyN).- Existe una correlación directa entre el adecuado funcionamiento de las instituciones y la calidad en las políticas públicas. Un sistema de contrapesos y equilibrios (cheks and balances) reduce la posibilidad de errores y aumenta el respaldo de las políticas de Estado.
Por el contrario, un sistema de excesiva centralización en la toma de decisiones, aumenta el riesgo de que se adopten políticas arbitrarias destinadas al fracaso.
La exitosa experiencia de Chile de los últimos quince años se considera producto de la suma de tres factores: buenas políticas macroeconómicas, un consenso razonable en el proceso de toma de decisiones y una aceptable calidad institucional. Estos elementos se refuerzan entre sí y dan lugar a un círculo virtuoso que potencia el crecimiento económico.
Por el contrario, la baja calidad institucional favorece la aparición de fuertes disensos entre las fuerzas políticas lo que se traduce en un mayor nivel de confrontación. La falta de consenso estimula la pendularidad, es decir el cambio de las políticas que han sido implementadas por otros. Un permanente hacer y deshacer conlleva un despilfarro de recursos y no ofrece horizontes previsibles en el largo plazo.
En la construcción chilena de consensos, ha sido central el papel jugado por la "Concertación de Partidos por la Democracia" una coalición entre el Partido Socialista y la Democracia Cristiana, que permitió la restauración democrática de 1990. La izquierda socialista recorrió un camino de renovación profunda que la llevó a revalorizar el rol de la democracia representativa y a aceptar la economía de mercado. Un cambio de perspectivas influido por las experiencias recogidas en el prolongado exilio europeo de sus dirigentes.
La propia dinámica de las coaliciones electorales favorece la implantación de una cultura del consenso. Para construir un programa común hace falta hacer transacciones y concesiones recíprocas, renunciando a parte de las propias reivindicaciones. Es justamente el rasgo que caracteriza a los sistemas parlamentarios europeos, que en este plano muestra una mayor flexibilidad que los sistemas presidencialistas latinoamericanos.
La cultura del consenso se opone a la visión intolerante que atribuye sistemáticamente a la oposición la defensa de intereses espurios. Cuando las personas están convencidas de tener toda la razón y no contemplan la posibilidad de incurrir en errores o ser afectadas por espejismos ideológicos, tienden a considerar que los equivocados son los otros. Luego resulta fácil dar un paso más y convertir a un equivocado en un sospechoso.
A diferencia del Chile actual, la Argentina es un país que no ha terminado aún de alcanzar una cultura del consenso. Es probable que exista una cierta base de acuerdos en materia de políticas macroeconómicas.
La conveniencia del equilibrio fiscal; el rigor en la aplicación de las políticas monetarias del Banco Central; los riesgos del sobreendeudamiento y la necesidad de eficaces políticas de recaudación fiscal son puntos en los que coinciden la casi totalidad de las fuerzas políticas.
Sin embargo, en el plano institucional, continúan los desacuerdos, exacerbados por un sistema presidencialista que tiene vocación natural por acumular excesivos poderes en el ejecutivo.
Un caso particular es la propuesta de modificación de la Ley de Educación. Aquí sí el Ministerio de Educación ha abierto un debate público buscando la mayor participación ciudadana. Un buen ejemplo que lamentablemente no se ha extendido a otras áreas.
Todos los países avanzados han fortalecido sus instituciones, aumentando el grado de transparencia pública y creando mecanismos de contención que han disminuido la discrecionalidad del Gobierno. Un factor crucial ha sido la implantación de una cultura del consenso, que ha permitido elevar algunas políticas de Estado por encima de la lucha partidaria.
Los consensos fortalecen las buenas prácticas institucionales y estas, a su vez, alimentan los consensos. Estos elementos se refuerzan entre sí y facilitan la gobernabilidad y la implementación de las políticas públicas más acertadas.

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