Editorial| Riesgo juvenil, riesgo social
Más del 70 por ciento de los crímenes violentos que se producen en nuestro país son cometidos por jóvenes, y más del 50 por ciento de las víctimas son también jóvenes. Este fenómeno aumenta las inquietudes de la población, en la cual está instalándose una sensación cada vez más profunda de inseguridad.
Esta situación se vive como un riesgo social asociado con un riesgo equivalente para grupos cada vez más numerosos de chicos que comienzan a participar en los circuitos delictivos y se instalan en ellos a favor de una serie de factores altamente negativos, como la pérdida de los valores familiares o el creciente consumo de drogas y alcohol. Son los jóvenes quienes se llevan tristes palmas en este tremendo y problemático fenómeno, que no se limita a nuestro país, pues se trata de un mal de alcances mundiales, en distintas formas y variantes. Los jóvenes delincuentes terminan por perder los escasos lazos familiares y llegan a sentir incluso indiferencia ante sus propias vidas, lo cual explica el carácter frecuentemente absurdo de sus ataques, sin que influya el temor que deberían despertarles sus acciones.
Algunos casos recientes han reforzado esta conciencia colectiva, y las consecuencias son múltiples. Son muchos los que piden, por ejemplo, que se aumenten las penas o se reduzcan los límites de edad para aplicarlas. Un sector cada vez más significativo comienza a comprender que los chicos llevados a la marginalidad están ya lo suficientemente jugados y perdidos como para no sentirse amenazados por las posibles consecuencias de sus actos.
Está demostrado que existe un gran sector de adolescentes y jóvenes que no concurre a la escuela ni trabaja, cosa que los pone siempre en el borde del delito. Quizá se deba agradecer a la escuela, cuando logra retener a sus alumnos y ofrecerles muchas cosas -incluida la alimentación-, la inexistencia entre nosotros de pandillas que son el terror de varios países americanos. Queda cada vez más en claro que la única solución de largo alcance consiste en actuar sobre los menores en riesgo, obrando desde los inicios de la vida a través de los jardines maternales o desenvolviendo programas que apuntan a integrar a muchos jóvenes para sacarlos de los nefastos círculos en los cuales ingresan sus vidas.
Es preocupante que la sociedad esté en vilo a causa de una parte de sus jóvenes, sabiendo que suelen ubicarse en un lugar desde el cual la amenazan en forma permanente. La familia en crisis, la sociedad jaqueada en sus valores y la falta de políticas adecuadas son parte de cuanto nos está dañando diariamente.
Urge poner en marcha acciones dedicadas a rescatar a los jóvenes en riesgo, para lo cual se deberán unir diversas acciones, en las cuales tendrán que participar necesariamente los distintos agentes de la comunidad, como las iglesias o las escuelas, apoyándose en los programas específicos que se deben llevar a los sectores juveniles. Podemos preguntarnos qué tipo de sociedad veremos si este tremendo proceso continúa agravándose, pues lo que está en juego es el futuro de todos y no sólo el de los jóvenes que viven en las orillas del delito o ya están inmersos en él.
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