Un policía exonerado atrapó al acusado del tiroteo en Belgrano |Es el ex sargento Attardo, de 38 años; lo encontró en un hecho totalmente fortuito
Tiene 38 años, dos hijos y un corte de pelo que no oculta su pasado como policía bonaerense. El ex sargento Mario Attardo trabaja como encargado de una cancha de tenis desde que, el 24 de septiembre de 2004, una purga policial lo dejó fuera de la fuerza. Es miembro de un grupo que se llama a sí mismo “los sin gorra de Solá”.
Attardo es el hombre que el viernes detuvo, sin usar armas, a Martín Ríos, supuestamente el autor de los disparos a mansalva que, el 6 de este mes, mataron a un chico de 18 años e hirieron a seis personas que caminaban por Cabildo y José Hernández, en Belgrano.
La detención ocurrió en Uzal 3735, Olivos, a unas 30 cuadras de la quinta presidencial. Attardo dio con el presunto prófugo porque lo creyó sospechoso, en una situación en la que, en realidad, era inocente.
El joven, que ayer se negó a declarar ante la Justicia, había acompañado a su madre, Mónica, a cambiar un chaleco a un local de ropa. Pero cuando se bajó del auto olvidó las llaves adentro y se activó el cierre centralizado. La mujer volvió a la casa en colectivo para buscar la otra llave y el hijo se quedó junto al auto. Un vecino que lo vio merodeando creyó que quería robar el vehículo. Cuando vio que orinaba contra la pared de la fábrica, no lo dudó. Fue a pie a buscar a Attardo, que cuando estaba en funciones era responsable por esas cuadras. Lo encontró en la puerta del club.
El ex sargento apuró el paso esa cuadra y media. Y desde la vereda de enfrente se quedó observando lo que hacía Ríos, que estaba reclinado contra la pared. Cruzó la calle y le preguntó qué hacía. "El chico me empujó como para desestabilizarme y largó la carrera. La verdad es que entonces no sabía que se trataba del loco de Belgrano, pero pensé que si había salido corriendo, evidentemente era un delincuente o alguien que tenía algo que esconder", relató Attardo a LA NACION.
Lo corrió unas tres cuadras. El chico era veloz y zigzagueaba por las largas cuadras de aquella calle de Olivos en la que abundan las fábricas. Parte de la carrera la hicieron por el barro, ya que las baldosas sólo cubren una cuarta parte de la vereda.
Cuando llegaron a la esquina de San Lorenzo, Ríos, algo cansado, cruzó Uzal. Attardo se lanzó sobre él. Lo empujó contra el baúl de un Senda azul que aún está estacionado delante de un taller de chapa y pintura. Sólo entonces, el chico dijo que era el hijo de una clienta, que el auto era suyo y que había olvidado la llave adentro. Attardo no le creyó. Aunque era cierto. Llamó a la comisaría de Munro y en cinco minutos apareció el patrullero pick up de la bonaerense.
"Cuando lo quisieron palpar se puso loco. Entonces uno de los agentes le puso el pie en el cuello", cuenta Pablo Astolfi, dueño del taller. Ríos iba vestido con bermudas azules, un pullover blanco, medias largas blancas y zapatillas. Llevaba una riñonera. "Debajo, entre la riñonera y el sleep, tenía la pistola Bersa calibre 380 y en los bolsillos, 37 municiones." Attardo empezó a unir cabos. El arma, sumado al hecho de que el chico vivía en Belgrano... "No podía ser otro", dice el ex policía.
Cuando se lo llevaron, Attardo quiso despejar dudas. Llamó a Ximena Regueiro, encargada de Karen Oviano, la fábrica de ropa femenina.
"Sí, es el hijo de una clienta, pero no sé, vos hacé lo que tengas que hacer", fue la respuesta de la mujer, cuando Attardo le advirtió que estaba munido con un arma. "No sé si será el tirador de Belgrano, pero este pibe se va a morfar un caramelito", según Regueiro le dijo el ex policía.
Attardo relató que fue separado de la fuerza por un sumario administrativo originado en una causa penal por privación ilegal de la libertad de un sospechoso. En ese proceso, en primera instancia, está con falta de mérito.
Esa tarde, el joven había llegado hasta la fábrica, como tantas otras veces, a acompañar a su mamá. A veces se quedaba afuera, otras entraba y la esperaba que se probara decenas de prendas con las que pensaba jugar al tenis.
Esa tarde, Martín estacionó el Honda Civic bordó sobre la vereda de la fábrica y Mónica entró en el local. Cuando llegaron eran las 17.15, y la encargada del negocio les informó que tenían que esperar por lo menos una hora para ser atendidos. Mónica decidió que iba a esperar. Quería cambiar un chaleco por su equivalente valor en pares de medias. El chico se quedó afuera. A los 15 minutos, tocó el timbre y le abrieron. Pidió que llamaran con urgencia a la madre.
"Es un tarado, cerró el auto con las llaves adentro. Ahora voy a tener que ir yo a buscar otras a casa", protestó Mónica, mientras bajaba por la sonora escalera caracol de metal de la fábrica. No quiso que le pidieran un remise y dijo que se iba a tomar el colectivo 152.
Regresó a los 45 minutos, cuando todo había pasado. Es probable que haya vuelto en un taxi. Regueiro estaba por irse de la fábrica y sonó el teléfono. Era Mónica, que estaba afuera y preguntaba si no sabían dónde estaba su hijo. Regueiro no sabía qué decir. Lo llamó a Attardo y le consultó. "No le digas nada... ya se va a enterar."
Regueiro atendió el portero eléctrico y le dijo que no, que no estaba adentro. "Debe de haber tenido frío y se fue", improvisó la encargada. "Ay, pobrecito, el nene -contestó la madre-. Se fue en colectivo y esta zona es tan fea, tan insegura..."
Por Evangelina Himitian
De la Redacción de LA NACION
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