Los riesgos de gobernar a lo guapo |Por Santiago Kovadloff
Es más que evidente: en pocos años hemos pasado del presidencialismo anémico al hiperpresidencialismo. El desempeño espectral de Fernando de la Rúa ha sido sepultado por el protagonismo excluyente de Néstor Kirchner. De la Rúa no supo gobernar. Kirchner considera que nadie sino él puede hacerlo. A De la Rúa le faltó resolución para impulsar las instituciones del país en dirección a su afianzamiento republicano. A Néstor Kirchner, en cambio, le sobró decisión para tomar una tras otra todas las medidas que estimó necesarias a fin de reducir el alcance de las instituciones a su concepción drásticamente personalista del ejercicio del poder. La República, como proyecto, está lejos de interesarle. La errancia que caracterizó la gestión de Fernando de la Rúa terminó precipitando al país a un catástrofe sin precedente. ¿Adónde conducirá al país el asfixiante criterio autorreferencial con que gobierna Néstor Kirchner?
Sea cual fuere el extremo que consideremos -el encarnado por la radical fragilidad con que procedió Fernando de la Rúa o el encarnado por la contundencia temperamental con que actúa Néstor Kirchner- la desmesura sigue siendo el rasgo distintivo de la política nacional. La impotencia personal, por un lado, y la autoestima desenfrenada, por el otro, no significan ciertamente lo mismo. Pero son, en lo que hace a los intereses superiores de la Nación, defectos profundamente complementarios. Al abismarse en la extrema debilidad o en la soberbia de la autosuficiencia ejercida en los más altos niveles del Estado, arriesga el logro de lo indispensable: la gradual y creciente consolidación de una vida democrática, es decir, regida por el ideal de la interdependencia, la ley y una justicia que aliente el desarrollo con equidad social.
Cuando la osadía personal con que procede un gobernante está al servicio de estos objetivos, ella bien merece llamarse coraje cívico. Cuando, en cambio, la osadía personal rinde tributo exclusivo al anhelo insaciable de concentrar poder en las propias manos, esa osadía personal no pasa de ser la expresión de un carácter autoritario. Nadie puede negarlo: el presidente actual hace un culto de la guapeza. Ignora o no le importa saber que su investidura, republicanamente entendida, le exigiría no homologar lo indispensable para el país con los procedimientos que le dicta su temperamento, inspirado por un indisimulable afán de poder.
Las consecuencias de esta penosa sinonimia ya pueden advertirse en la sociedad. El culto al coraje ejercido desde las máximas instancias del poder público y siempre a expensas del pluralismo se irradia fatalmente hacia la sociedad como una invitación a subestimar las reglas, concibiéndolas como lo que debe ceder ante la resuelta embestida del deseo personal. Las reglas, entonces, pasan a ser las del más fuerte. La trasgresión empieza a perfilarse poco a poco como norma y ésta, a su vez, como un requerimiento que deberá ajustarse a las disposiciones dictadas por la prevalencia del coraje personal. Se diría que la Argentina de hoy parece subordinada a esta creciente fascinación por el despliegue de la guapeza como recurso político dominante. Guapo será, de este modo, quien sepa imponer lo suyo sin supeditar su deseo a nada que pueda acotarlo, y ello, tras haber extirpado del horizonte de sus necesidades toda valoración del diálogo, del disenso, del consenso, de la autocrítica.
Con su estilo de gobierno, el presidente Kirchner le está diciendo a la sociedad que el acatamiento a la división de poderes no conducirá al país hacia donde debe ir. Nada de lo que pueda restringir su concentración de poder y el carácter indiscutible de su hegemonía reviste, para él, otro valor que el de un siniestro propósito de impedirle el ejercicio de sus derechos constitucionales.
Kirchner obra a lo guapo y enseña a obrar a lo guapo. A lo guapo crea poder. A lo guapo inhibe a los empresarios. A lo guapo se enfrenta al periodismo. Y la prueba de que su enseñanza cunde la evidencia el hecho de que, hasta ahora, este proceder está lejos de haber mermado su popularidad. Por el contrario. Se diría que su ejemplo se derrama hacia la sociedad a la manera de un paradigma orientador. El culto del coraje y la osadía sin restricciones van ganando en el orden comunitario el protagonismo que debería tener la ley. No importa la legalidad, importa la osadía que es capaz de lograr que la legalidad se rinda a la voluntad de poder. Cualquiera sabe hoy que cortando una calle puede obtener una prebenda o acceder a un aumento. Cualquiera sabe que, a lo guapo, se puede impedir que asuma un rector en la Universidad de Buenos Aires u ocupar viviendas que sólo se desalojarán a cambio de otras. La guapeza va desplazando así los valores cívicos intrínsecamente debilitados por una concepción de la política y el derecho que sólo concibe la eficacia en la acción como fruto del coraje personal.
En el fondo de esta situación palpita, claro está, la predilección por el enfrentamiento y la renuncia a buscar consensos que promuevan la convivencia asentada en el perfeccionamiento del diálogo. La verosimilitud de la ley se eclipsa y el disenso se convierte en agravio. Un creciente empobrecimiento cívico se expande día a día en la Argentina. Este feroz reduccionismo de lo cívico a lo temperamental no fortalecerá, por cierto, el tránsito indispensable hacia un porvenir democráticamente maduro. Puede, sí, garantizar más y más poder a quien se atreva a producirlo. Pero el costo para los valores de la República será cada día más alto.
Link corto: http://www.lanacion.com.ar/826241
Comentarios
Los comentarios están bloqueados