Los presos que esperan oír a los políticos
Internos de la cárcel de Olmos piensan que la posibilidad de volver a votar hará que los candidatos les presten algo de atención.
Cada vez que se acuerda de la única vez que votó en su vida, Javier Acevedo se muerde el labio y dice que se arrepiente. Tenía 21 años, acababa de salir de la cárcel y eligió la boleta de la reelección de Carlos Menem: "Pensé que tal vez me indultaba, pero sólo liberó a los presos políticos".
Hoy está en Olmos, preso otra vez, hace ya cinco años, y siente muy cerca la revancha. Si Néstor Kirchner firma el decreto que habilita a votar a los procesados sin sentencia, Acevedo será uno de los 42.000 detenidos que podrán participar de las elecciones nacionales del año que viene.
Como muchos de sus compañeros de desventura, Acevedo está ilusionado. Pero no es puro fervor cívico. Siente que votar les dará beneficios concretos: imagina que las cárceles serán una parada en la agenda de los candidatos y que ellos, por primera vez, serán destinatarios de las promesas de campaña.
"Si participamos, tenemos otro valor. Cotizamos un poco más. Acá hay mucha gente y muchos votos", dice, y sueña con el patio de la cárcel lleno de políticos y de abogados pagados por los partidos para ayudar a los presos con sus causas.
Hernán Capalbo acaba de llegar a Olmos. Le toca pagar el derecho de piso y ceba mate para toda la ronda. Sin embargo, habla con aplomo. Su largo prontuario le da autoridad: con 32 años, ya pasó por los penales de Sierra Chica, Alvear, San Nicolás, Batán, Bahía Blanca, Campana y Olmos. Desde hace tres años, cumple prisión preventiva por dos robos.
Las elecciones lo encontraron en libertad una sola vez. Al igual que Acevedo, en 1995. Sentados en el mismo sillón, los dos sonríen con ironía y dicen conocer bien la política. Su visión es muy poco romántica.
"Es una mafia -afirma Capalbo-. Los que andábamos en lo que andaba yo siempre teníamos relación con algún dirigente que nos conseguía algún trabajito. Los cuidábamos. Había mucho alcohol, plata y droga."
Este escepticismo es un sentimiento generalizado en los presos. Así lo comprobó LA NACION durante su visita por la Unidad 25, de la localidad bonaerense de Lisandro Olmos, donde internos, guardiacárceles y autoridades coincidieron en que la política casi no traspasa las puertas de los pabellones. Ni en esta cárcel ni en ninguna otra.
Sin embargo, la Unidad 25 no es una prisión más: es la primera enteramente evangélica del mundo. Aquí, la disciplina es estricta y no hay violaciones, robos ni peleas. Es una cárcel iglesia, según los pastores, y un "jardín de infantes", para los guardiacárceles que pasaron por otras unidades.
Creada en 2001, empezó con diez presos en un edificio abandonado y fue creciendo. Hoy tiene 246 internos. De ellos, sólo 36 están penados; el resto, cumple prisión preventiva.
"La política se enmudece"
Por eso, si se firma el decreto reglamentario que habilita a votar a los procesados no condenados, esto tendrá un alto impacto en esta cárcel de 210 potenciales electores.
"Hasta que no lo vea no lo voy a creer", dijo a LA NACION Juan López, 56 años, que militó toda su vida en peronismo de Quilmes y ahora lleva tres años y cuatro meses preso, esperando una sentencia y desconectado de la actividad partidaria.
Con una pretendida indiferencia, explica que no hay contactos de los dirigentes con la cárcel ("es entendible; no les conviene por la imagen", justifica). Su voz, triste pero firme, demuestra que los años preso no lo doblegaron. "Lo que pasa es que en las cárceles la política se enmudece", dice.
López siente una especial complicidad con Juan Reina. Juntos rememoran su juventud peronista, cuando no imaginaban que terminarían así.
Reina tenía 13 años cuando fue a su primer acto político en Virrey del Pino, partido de La Matanza. "Del PJ, por supuesto", responde, casi ofendido. A los 16, cuando todavía no era líder barrial, fue víctima de un simulacro de fusilamiento en Tucumán: "A mí no pasó nada, pero tuve muchos compañeros desaparecidos".
Ahora casi no le interesa la política. Casado y con nueve hijos, lleva más de cuatro años preso por un homicidio en riña. "Hemos sido olvidados. Cuando uno está vigente, es un instrumento para los políticos, pero después..." Reina juega con los puños del pulóver gastado y, con dignidad, relata: "Yo tampoco quise molestar y por eso no pedí ayuda a nadie. Hay códigos".
En seguida vuelve a sus recuerdos. "Del Pino es uno de los lugares más peronistas del conurbano. Nosotros le dimos a Balestrini los votos que hicieron perder a Pinky", cuenta, casi mandándose la parte.
A Reina le da rabia que no lo dejen votar: "Me sacaron el derecho de pensar libremente. Deberíamos tener participación para elegir lo mejor para nuestras familias, que sí están en el mundo".
Reina y López se sonríen cuando sus compañeros, más jóvenes, les dicen que ellos serían unos fantásticos punteros en los pabellones.
Mucho más pragmático, José Córdoba, alias "Tucu", ya está listo para negociar. Aunque tiene 31 años, jamás votó. Para los padrones no existe porque está preso desde los 17. En la Unidad 25, en cambio, es el pastor y, por ende, el líder.
"Acá les hacemos votar a más de 200 hombres. Juntamos a las familias y eso son muchos votos por cada preso, pero que se saquen las caretas. Nosotros necesitamos trabajo para cuando salgamos afuera. Si no, no podemos reinsertarnos", dice.
Durante un robo, el pastor (que por entonces no era pastor) mató a una persona, a la que le disparó 14 tiros. Después recorrió varias cárceles y fue "dueño" de varios pabellones. Ahora, que conoce a Jesucristo, esa fuerza la volcó al Evangelio, según explica.
A él no le importa la política. "Si hay algo bueno para los presos, vamos a votar al que sea -dice-. Estamos presos, pero no vivimos en una botella."
"Acá no seguimos mucho las elecciones. Sí nos fijamos lo que dicen los candidatos sobre las penas. Blumberg, por ejemplo, sacaría cero voto en la cárcel." Sin embargo, Acevedo aclara que está en contra del nuevo proyecto de Código Penal, al que considera demasiado blando.
El jefe de la Unidad 25 es Jorge Suárez, también evangélico. Con insólita naturalidad, charla con los internos y sostiene que organizar las elecciones no va a ser un problema. Como ellos, cree que poder votar los va a beneficiar y tiene la ilusión de ver a generosos políticos recorrer su cárcel.
Por Paz Rodríguez Niell
De la Redacción de LA NACION
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