Editorial |El respeto a la pobreza
La pobreza es un estado de carencia que impide alcanzar el nivel de bienestar del que gozan en general quienes, por comparación, se diferencian de quienes la padecen. Esta visión relativa, que permite encontrar pobres aun en los países ricos, es superada por otra visión más descarnada y absoluta. Se es pobre cuando no se puede alcanzar la satisfacción de las necesidades mínimas de alimentación, cuidado de la salud, educación y habitación. Nuestras estadísticas sociales han definido la llamada "línea de pobreza" como el ingreso familiar mínimo requerido para cubrir esas necesidades. Se ha ido incluso más allá, definiendo también la "línea de indigencia", que es aquella por debajo de la cual la sola alimentación es insuficiente.
En otros tiempos, la población necesitada de la Argentina se limitaba a porcentajes menores con respecto al total. Por el contrario, en años más recientes, la pobreza alcanzó proporciones inéditas y alarmantes. En el peor momento de la crisis de 2002, el porcentaje por debajo de la línea de pobreza superó el 50 por ciento y el de indigencia, el 20. Fue entonces cuando este diario, junto a otras entidades, lanzó el programa El Hambre Más Urgente, que intentaba paliar las consecuencias de la crisis sobre los más necesitados. Nuestro convencimiento ha sido siempre que la pobreza necesita atención, y que esto tiene su fundamento esencial en el amor al prójimo y no en la búsqueda de popularidad. Por eso, la pobreza exige solidaridad, pero también exige respeto y que éste nazca del amor. De lo contrario, es hipocresía.
El populismo es justamente lo que suele llevar a un tratamiento hipócrita de la pobreza, con falsos pruritos que atienden más a evitar sus manifestaciones que a corregirla genuinamente. Este equívoco puede llevar también a ciertos gobernantes a inhibirse de actuar frente a cualquier transgresión, cuando proviene de sectores que son o alegan ser pobres. Esa es la antítesis del verdadero respeto, que exige suponer iguales a los ciudadanos cuando se trata de poseer derechos y de respetar el derecho de los demás.
Así como el "piqueterismo" ha gozado de protección bajo el falaz principio de "no criminalizar la protesta social", se asume también que la ley no es aplicable frente a otros avances que tienen el rótulo social, aunque afecten claramente el derecho de los demás.
Un caso evidente es el de los llamados cartoneros, que diariamente abren y dispersan el contenido de las bolsas de basura, afectando así la higiene y la limpieza de la ciudad, en la también que deben convivir, trabajar y transitar millones de ciudadanos con derecho a conservar su salud. El gobierno de la ciudad ha encarado este problema exigiendo a los vecinos el cumplimiento de estrictos horarios para sacar las bolsas de residuos, para así reducir el tiempo en que están expuestas a la acción de los cartoneros. Hay un prurito de falso respeto que inhibe la solución correcta, que es la prohibición de abrir las bolsas en la vía pública.
El cirujeo o el cartoneo no son tareas compatibles con la salud de la población, y menos con la de quienes lo practican. Si esas personas no tienen posibilidad de una ocupación alternativa, el Estado debe acudir a su atención, y ése es el propósito de los planes sociales. Los mismos criterios deberían ser válidos para quienes levantan viviendas precarias sin ningún tipo de instalación sanitaria, o frente a la edificación en altura en villas de emergencia, sin ninguna verificación de la estabilidad estructural ni control municipal, con peligro cierto de incendio o derrumbe.
Ese es un falso respeto de la pobreza que lleva a las autoridades a permitir y no actuar, lo cual en rigor discrimina y no contribuye ni a la convivencia social ni a solucionar el problema. La pobreza debe ser atendida y corregida con esfuerzo y solidaridad. El Estado debe tener un papel esencial mientras el desarrollo económico y social no logre su minimización. Pero de ninguna manera corresponde tratar el problema con criterio populista y menos con un errado sentido del respeto.
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