Fanáticos y moderados |Por Jeffrey D. Sachs
NUEVA YORK
La violencia en Israel, Gaza y Líbano encierra una paradoja: la solución del conflicto palestino-israelí no parece difícil. En su gran mayoría, los israelíes y los palestinos se inclinan por crear dos Estados, delimitados por las fronteras anteriores a 1967. Los principales países árabes comparten esa opinión. El problema no es vislumbrar una salida, sino llegar a ella pese a la oposición de minorías poderosas y, a menudo, violentas.
En ambos bandos, quizás un 75% ansía un arreglo pacífico, mientras que un 25% ambiciona una victoria absoluta. Los extremistas palestinos quieren destruir a Israel; los extremistas israelíes exigen el control de toda Cisjordania. Cuando la paz parece estar al alcance de la mano, los extremistas de uno u otro bando provocan una explosión que la descarrile: llevando a un conflicto entre moderados y extremistas de un mismo lado (recordemos el asesinato del primer ministro israelí Yitzhak Rabin por un fanático religioso de la misma nacionalidad, cuando las negociaciones avanzaban), o los extremistas palestinos atentan contra civiles israelíes para desatar una reacción excesiva por parte de Israel, que quiebre la confianza.
Los extremistas israelíes insisten en que todos los palestinos se empeñan en destruir el Estado de Israel. Los extremistas palestinos insisten en que Israel conspira para mantener su ocupación de Palestina, que su retiro de Gaza o su posible retiro parcial de Cisjordania son meras tácticas: Israel no renuncia al control del territorio, los transportes, el agua, la defensa y otros atributos de la soberanía.
Los extremistas han podido bloquear el proceso pacificador porque venden la fantasía de una victoria absoluta. Por lo general, las fuerzas israelíes intentan "decapitar" a la oposición violenta matando líderes palestinos, como si el problema radicara en unos pocos individuos, más que en el persistente atolladero político. Por su parte, los palestinos violentos proclaman que un nuevo ataque terrorista amedrentará a Israel. En un ambiente tan mortífero, los detalles y el simbolismo de un arreglo posible cobran demasiada importancia. En el contexto de Oslo, los israelíes y los palestinos casi llegaron a un acuerdo de "cambiar tierras por paz". Ambas partes apoyaron algo parecido a las fronteras anteriores a 1967. Sin embargo, el trato no acabó de cerrarse. Cada uno adujo la intransigencia del otro respecto de tal o cual punto. Hoy se puede cerrar ese trato, pero sólo evitando el debate inútil en torno de quién bloqueó, en el pasado, el camino hacia la paz.
Aquí viene a cuento una observación de Tom Schelling, premio Nobel de Economía 2005 por su teoría del juego. Schelling identificó la importancia práctica de un "punto focal" de regateo como el camino por seguir para aquellos negociadores que tengan a su alcance un acuerdo. En el conflicto palestino-israelí, el punto focal son las fronteras anteriores a 1967. Ambas partes deberían aceptarlas en principio, para luego canjear pequeñas parcelas y definiciones del control -en especial, sobre Jerusalén- desviándose apenas de los límites de 1967. Cada bando acusa al otro de haber atacado primero. Israel hasta se rehusó a negociar con el gobierno palestino, dirigido por el Hamas, e intentó doblegarlo con acoso financiero. Hamas sólo reconoció de manera oblicua, y bajo una presión considerable, la solución de los dos Estados. Aun así, la opinión pública palestina se inclina por un arreglo.
Estados Unidos tampoco desempeña un papel estabilizador. También él hace el caldo gordo a los extremistas al combatir el terrorismo con las armas, en vez de utilizar la política. Así como la guerra en Irak fue una respuesta equivocada a la amenaza de Al-Qaeda, darles vía libre a los ataques militares israelíes contra Gaza y el Líbano tampoco ofrece una solución. Estados Unidos debería empujar a ambas partes hacia una solución basada en el punto focal.
La ideología más potente es la autodeterminación. En tanto no exista un Estado palestino y un Irak liberado de la ocupación norteamericana, el extremismo islámico ganará reclutas. Mientras no se encaren los agravios políticos, de nada valdrá expandir la democracia. En las urnas, ganarán los extremistas.
© Project Syndicate y LA NACION
El autor es profesor de economía y director del Earth Institute en la Universidad de Columbia
Traducción de Zoraida J. Valcárcel
Link corto: http://www.lanacion.com.ar/828114
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