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Informe de Prensa

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Lunes, 07 de agosto de 2006

Las victorias que dejan secuelas |Por Eduardo van der Kooy

El Congreso ayuda a fortalecer el poder de Kirchner. Pero estimula también un estilo que tendría costos a futuro. La oposición batalla, pero no es aún ni amenaza ni alternativa. La UCR está en medio de una lucha política feroz.

El Gobierno ha ganado de modo avasallante otra batalla. Los poderes especiales ya se transformaron en ley. El debate se tornó estéril a la hora de los votos en el Congreso. Lo mismo ocurrió tiempo atrás con la reforma al Consejo de la Magistratura y con la reglamentación de los Decretos de Necesidad y Urgencia. Sorprende cómo Néstor Kirchner acrecentó su poder desde la victoria en las legislativas de octubre.

Esa consolidación tiene siempre el mismo puntal. El persistente crecimiento económico continúa alentando la expectativa colectiva. Se percibe ese fenómeno, sobre todo, en el interior. Cabalgando sobre dicha ilusión muchos gobernadores ensayan reformas y alquimias reeleccionistas. Kirchner dispone entonces también de muy amplios márgenes políticos para hacer y deshacer.

Problemas existen aunque la bonanza del presente los oculte. El 0,6% de inflación de julio constituye un éxito que tendería a acallar muchas dudas. La primera es si la política de precios de una economía puede controlarse con el humor de un funcionario, el secretario de Comercio Guillermo Moreno. La segunda es si ese control no podrá ser desbordado en algún momento por la presión del mercado. Otra radica en saber si no se instaurará una inflación estadística y otra real, en especial en aquellos segmentos sociales que no se sujetan a los consumos básicos.

Claro que este no parece un tiempo fértil para que aquellas dudas germinen. Una mayoría de la sociedad se contenta por ahora con que la Argentina haya recuperado la gobernabilidad —aunque varios de sus mecanismos sean objetables— y cierta esperanza en el empleo y los ingresos. ¿Se trata de un conformismo peligroso? Depende del lugar de observación: algo Eduardo Duhalde y bastante más Kirchner colaboraron para rescatar a nuestro país del último derrumbe. El último derrumbe permanece activo en la memoria: ocurrió hace sólo cinco años. El trauma y el miedo general perviven.

Pero muchas veces en política las victorias aplastantes también dejan sus secuelas. Que aparecen en el momento menos pensado, como una visita inoportuna. El fortalecimiento del Gobierno lleva implícito además el triunfo de un estilo que no contempla las conciliaciones y privilegia la voluntad del pensamiento único. Veamos caso por caso: el poder no aceptó ninguna sugerencia de la oposición cuando se aprobó la reforma a la Magistratura y se habilitaron los DNU y los poderes especiales. Algo más: en esta última cuestión hasta se desecharon consejos de legisladores oficiales, como colocar un tope porcentual para la reasignación de partidas presupuestarias.

La oposición ha sufrido otra derrota. Pero probablemente lo obligue al Gobierno a pagar en un futuro todavía incierto un costo político. Será cuando sus méritos económicos ya no alcancen. Desorientados y sin cohesión, los dirigentes opositores mostraron al menos tenacidad para forzar al poder a exhibir ante la opinión pública su rostro más fiero.

Su misión no ha concluido allí. La oposición enfrenta en los próximos tiempos dos grandes desafíos. Deberá ser implacable en la fiscalización del uso de los fondos públicos que hará el Gobierno. Así justificará la pelea que acaba de dar. Tendrá a la vez que adiestrarse para recorrer un año electoral que, como está, no le aventura ningún augurio bueno. Carece de proyectos y ofrece todavía liderazgos débiles.

¿Podrá afianzarse Roberto Lavagna? La irrupción del ex ministro tuvo un doble efecto: impuso un debate de ideas (por caso, la cuestión energética) que el Gobierno acostumbraba rehuir pero desnudó, por otro lado, el enredado rompecabezas que caracteriza a la oposición. Ese rompecabezas no será fácil de ordenar en la medida en que Lavagna se siga comportando sólo como candidato y no como líder potencial.

¿Qué significa eso? El ex ministro le apunta siempre que puede al Gobierno, pero continúa ajeno a la articulación de una posible alternativa opositora. Esa tarea queda en manos del radicalismo. Talla Raúl Alfonsín. Inciden las fuerzas residuales de Duhalde. Participa con elogios Fernando de la Rúa. Y hasta se atreve a terciar Carlos Menem.

¿Cabrían todos ellos en el espacio que imagina Lavagna? Alfonsín se apuró a dejar claro que la UCR debería ser la médula de la formación política en ciernes. Pero ese partido está hoy muy lejos de lo que alguna vez fue. Una corriente de gobernadores e intendentes radicales fluye hacia el kirchnerismo. Otros dirigentes, como la bonaerense Margarita Stolbizer, no comulgan de la alianza con el ex ministro. El Gobierno mete su cuchara en esa interna alborotada.

La idea es frustrar la Convención que el radicalismo hará en Rosario a fin de este mes para proclamar su futura autonomía electoral del Gobierno. Los cinco gobernadores que apoyan a Kirchner (Julio Cobos, Arturo Colombi, Miguel Saiz, Gerardo Zamora y Eduardo Brizuela del Moral) prefieren que el partido dicte la libertad de conciencia para que los radicales opten por un candidato a presidente.

Pero aquellos gobernadores no controlan más que el 20% del total de los más de 250 convencionales que tomarán la decisión. "Están cocinados", anunció un radical histórico que sueña con encaramar a Lavagna en la grilla del 2007.

Puede ser que así sea. Pero en ese mismo instante, quizá, quedaría plasmado otro grueso astillamiento radical. ¿Cómo hacer sólida entonces una base de lanzamiento para Lavagna? Los radicales y los duhaldistas se enfrascarán esta misma semana en la búsqueda de una posible solución. Suponen que se acerca la hora de definir cosas: quién será el acompañante de Lavagna (la UCR quiere uno propio); qué candidatos podrán ofertarse en Buenos Aires. En esa geografía abundan las conversaciones de todo tenor: el ex frepasista Rodolfo Rodil quedó entusiasmado con el proyecto; existió además un sondeo firme con Martín Sabatella, aunque el intendente vecinal de Morón se mostró frío.

El ARI de Elisa Carrió también está en la mira. Hay desde hace tiempo en esa agrupación un goteo de dirigentes que no comprenden las posturas y el estilo de conducción de la dama. Algunos recalarán con el tiempo en las playas kirchneristas. Otro par, por lo menos, fue estimulado para sumarse en el futuro a la alternativa que encabezaría Lavagna.

Alfonsín excluyó de cualquier posibilidad de concordancia a Mauricio Macri. Pero hay radicales que no piensan igual y que han dialogado con el ingeniero. ¿Una sociedad de Macri con Lavagna? No figura ahora en la agenda de ninguno de los dos. Entre otras razones, porque ambos aspiran a la candidatura máxima. Los radicales menean, pese a todo, un esquema: que Lavagna combata contra Kirchner o Cristina Fernández y que Macri vaya por el trono en Capital.



La conjetura se apoya en dos fundamentos. Macri sigue siendo resbaladizo cuando refiere a su postulación para uno u otro cargo. Los comicios porteños, por otra parte, no serían en simultáneo con los del orden nacional. Pero también están las contras: el ingeniero estima que las dos candidaturas simultáneas ayudarían más a llegar a un ballottage que una confrontación polarizada. Calcula que Lavagna perforaría el electorado oficial. El ex jefe de Economía vacila acerca de cuánto su proximidad con el ingeniero diluiría el perfil centroprogresista que le gusta pregonar.

Sólo el acoso político que ejercita muchas veces el Gobierno podría causar el milagro de esa asociación entre Macri y Lavagna. Habría que preguntarse si Kirchner no fogonea también el acercamiento que podría dejarlo como propietario único de un segmento electoral que, en una tajada, parece ahora compartir con su ex ministro.

El Presidente y Lavagna pujan además por el radicalismo. La concertación que ventila Kirchner tendría como sustento a ese partido y poco más. Otras insinuaciones han muerto. Un ejemplo fueron las idas y vueltas con el socialismo. El último intento resultó la frustrada incorporación de Héctor Polino a la Secretaría de Medio Ambiente. Con ella y con otros desencuentros se esfumó la convergencia electoral que sobrevolaba Santa Fe.

El tiro final lo descargó el propio Kirchner. Enrostró al intendente de Rosario disponer de los poderes especiales que su partido, el socialismo, le negó al Gobierno en el Congreso. Miguel Lifschtiz contestó que ahora que consiguió aquellas facultades cumpla con el envío de una partida de 15 millones prometida hace un año para una obra pública de aquella ciudad.

El Presidente peleará de la mano del peronismo en Santa Fe. No lo hará ni con Jorge Obeid ni con Carlos Reutemann. Habilitó a Rafael Bielsa y también dio pista al jefe del bloque de diputados, Agustín Rossi. Bielsa selló antes una tregua con Alberto Fernández, con quien había quedado mal después de la frustración en Capital. El fragor se instala también en Buenos Aires: Felipe Solá consultó con el jefe de Gabinete la chance de pedir su convalidación para otro turno recurriendo a un ardid constitucional. La Suprema Corte bonaerense deberá decidir. Allí tendría en principio cuatro votos negativos sobre ocho miembros en funciones.

Ocurre en la Argentina por lo visto un prematuro amanecer electoral. Es el momento en que los dirigentes acostumbran perder la noción sobre aquello que, de verdad, le importa a la sociedad.



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