Pocos intelectuales se enfrentan con el poder |Noam Chomsky.
La expresión "responsabilidad de los intelectuales" oculta una ambigüedad crucial: borra la distinción entre "debería" y "es". En términos de "debería", su responsabilidad debe ser la de cualquier ser humano decente, aunque mayor. El privilegio genera oportunidades y éstas, responsabilidad moral.
Condenamos con justa razón a los intelectuales obedientes de los Estados brutales y violentos por "su sumisión conformista a los que están en el poder". Tomo la expresión de Hans Morgenthau, uno de los fundadores de la teoría de las relaciones internacionales.
Morgenthau no hacía referencia a los comisarios de los totalitarismos, sino a los intelectuales occidentales, cuyo crimen es mucho mayor porque no pueden alegar miedo sino sólo cobardía y subordinación al poder.
La historia de los intelectuales es escrita por intelectuales. No sorprende, pues, que sean retratados como defensores del derecho y la justicia, que sostienen los valores más elevados y enfrentan el poder y el mal con coraje e integridad admirables. La experiencia revela un panorama bastante distinto.
El esquema de la "sumisión conformista" se remonta a los primeros registros históricos. Fue el hombre que "corrompió a los jóvenes de Atenas" con "falsos dioses" el que bebió la cicuta, no los que adoraban a los verdaderos dioses del sistema doctrinal.
Una gran parte de la Biblia está dedicada a individuos que condenaron los crímenes de Estado y las prácticas inmorales. Son los llamados profetas. En términos contemporáneos, eran disidentes intelectuales. No hace falta analizar cómo fueron tratados: terriblemente mal, la norma para los disidentes.
También hubo intelectuales que fueron sumamente respetados en la época de los profetas: los aduladores de la corte. Los Evangelios alertan contra "falsos profetas, que se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis".
Los dogmas que sustentan la nobleza del poder del Estado son casi irreductibles, pese a los errores y fracasos ocasionales que los críticos se permiten condenar.
Dos siglos atrás, el presidente estadounidense John Adams expresó una verdad generalizada: "El poder siempre cree tener un alma grande y visiones de largo alcance que están más allá de la comprensión de los débiles". Tal es la raíz profunda de la combinación de salvajismo y fariseísmo que infecta a la mentalidad imperialista — y en cierta medida, a toda estructura de autoridad y dominación.
Podemos agregar que la reverencia hacia esa alma grande es la postura normal de las elites intelectuales, que normalmente agregan que deben ser ellas las que manejan las palancas de control o al menos estar cerca.
Una expresión habitual de esta visión corriente es que hay dos categorías de intelectuales: los "intelectuales tecnócratas y volcados a la política" —responsables, sobrios, constructivos— y los "intelectuales volcados a los valores", una agrupación siniestra que representa una amenaza para la democracia por el hecho de "dedicarse a menospreciar el liderazgo, a cuestionar la autoridad y a poner al descubierto a las instituciones establecidas".
Estoy citando un estudio de 1975 realizado por la Comisión Trilateral —internacionalistas liberales de Estados Unidos, Europa y Japón. Su reflexión giraba en torno de la "crisis de la democracia" que se desarrolló en la década de 1960, cuando sectores normalmente pasivos y apáticos de la población, definidos como "los intereses especiales", trataron de ingresar en la arena política para formular sus preocupaciones.
Esas iniciativas inadecuadas crearon lo que el estudio denominó una "crisis de la democracia", en la cual el funcionamiento eficaz del Estado se vio amenazado por una "democracia excesiva". Para superar dicha crisis, los intereses especiales deben ser restituidos a su función apropiada como observadores pasivos, para que los "intelectuales tecnócratas" puedan llevar a cabo su trabajo constructivo.
Los intereses especiales perturbadores son las mujeres, los jóvenes, los viejos, los trabajadores, los productores agrícolas, las minorías, las mayorías —en suma, la población. Hay un solo interés específico que no se menciona en el estudio: el sector empresario. Pero es lógico que así sea. El sector empresario representa el "interés nacional" y naturalmente no puede cuestionarse que el Estado proteja el interés nacional.
Para aquellos que quieren comprender lo que viene, es de fundamental importancia analizar los eternos principios que animan las decisiones de los poderosos en el mundo actual, primordialmente Estados Unidos.
En el artículo "¿Quién influye en la política exterior estadounidense?", publicado el año pasado en la American Political Science Review, los autores llegan a la conclusión —lo cual no tiene nada de sorprendente— de que la principal influencia proviene de "las corporaciones empresariales internacionales", aunque también hay un efecto secundario de los "expertos que pueden a su vez verse influidos por la actividad empresarial". La opinión pública, en cambio, tiene "un efecto poco significativo o nulo sobre los funcionarios de gobierno"
Copyright Clarín y Noam Chomsky, 2006. Traducción de Cristina Sardo
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/08/06/z-03703.htm
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