Carta de Lectores |Un obispo, el aborto y los legisladores
La prohibición legal de abortar está fundada en defender el derecho a la vida como el primer derecho humano. Por eso, la ONU en su solemne Proclamación de los Derechos del Hombre (1948) declara: "Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona".
En consecuencia, el respeto a la vida humana se impone desde que comienza el proceso embrionario. Desde el momento en que se da la fecundación del óvulo se inicia una vida humana que no es ni del padre ni de la madre, sino de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo.
Por otra parte, desde la más elemental ética, aunque hubiera alguien que tuviese alguna duda sobre la cuestión de la concepción desde el principio, sería igual objetivamente un acto criminal atreverse a afrontar el riesgo de un homicidio, porque "es ya un hombre aquél que está en camino de serlo", (Obispos, Río Negro). Legalizar el aborto es legalizar matar la vida del feto-vida humana para salvar la vida de la madre. Es legalizar un crimen. La vida humana es un absoluto que bajo ningún motivo se puede mediatizar. Con la despenalización del aborto se abre la era del genocidio con guardapolvos blancos y quirófanos esterilizados para nuestra Argentina que, en vez, está necesitando nuevas generaciones educadas y vigorosas que construyan la Nación que soñaron los Padres de la Patria. Por eso, somos muchos los que aspiramos a que nuestros legisladores no ocupen el tiempo en leyes para matar legalmente —aborto— sino cómo bajar los progresos de la macroeconomía a la microeconomía familiar.
Miguel Esteban Hesayne.
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