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Informe de Prensa

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Miércoles, 23 de agosto de 2006

Editorial |Se expanden las villas de emergencia

El crecimiento de las ciudades ha tenido una aceleración durante la segunda mitad del siglo último. En aquella época sólo había dos megaciudades de más de 10 millones de habitantes: Nueva York y Tokio. La población urbana representaba entonces un tercio de la que se distribuía en las áreas rurales. Hoy, las ciudades están habitadas por 2800 millones de personas, es decir, el 47% del total planetario.

Por ese motivo, el año próximo se producirá un hecho inédito en la historia porque habrá más habitantes en las zonas urbanas que en las rurales. Lamentablemente, esa transición representa un gran problema: alrededor de mil millones de personas viven en villas de emergencia o en asentamientos precarios.

Las predicciones fundadas en datos estrictos señalan un futuro aún más crítico: de no mediar cambios, en 2015 habrá 26 megaciudades y 22 de ellas estarán ubicadas en las regiones de menor desarrollo, pero con mayores necesidades de viviendas.

La atracción urbana que produjo la continua migración del campo a la ciudad estuvo vinculada especialmente con la búsqueda de trabajo en condiciones más favorables en el área industrial, lo cual a veces fue mera ilusión o bien una realidad concreta, más sometida a las alternativas de los ciclos económicos. Un problema fue evidente: así como nadie podía tener un puesto de trabajo seguro, tampoco la ciudad garantizaba el acceso a una vivienda digna. En todo el mundo, pues, muchos millones de seres humanos debieron ubicarse en casillas muy precarias o en asentamientos ilegales, ubicados en terrenos fiscales o privados.

Entre nosotros, uno de los efectos inmediatos de la depresión económica de 1928 a 1932, fue la aparición de precarias villas de desocupados, habitadas por migrantes sin trabajo o por gente empobrecida.

Luego, las expectativas renovadas de las ciudades y el deterioro de las economías rurales empujaron a muchos trabajadores a abandonar el campo y a instalarse de cualquier modo en Buenos Aires y su conurbano, Córdoba o Rosario y los suburbios. Actualmente, se estima que hay dos millones de habitantes en las villas de emergencia, la mayor parte de ellas ubicadas en el Gran Buenos Aires.

Esa situación no es ajena a cuanto ocurre en el resto del mundo: los asentamientos y las villas vienen creciendo globalmente a un promedio del 2,2% anual. Africa se halla al tope de ese incremento, con el 4,5%. Ese indicador, en cambio, está descendiendo en América latina, donde el promedio se ubica por debajo de la media mundial: 1,28%.

Desde ya que los números no reflejan la realidad que se concentra en determinadas zonas, como las bien conocidas favelas brasileñas y, entre nosotros, en los asentamientos del Gran Buenos Aires. Con los años se han ido sumando a los habitantes de las villas iniciales, inmigrantes de países limítrofes, indigentes que muchas veces sirven al clientelismo político y, también, quienes pugnan por salir de ese medio, pero no encuentra los recursos necesarios para poder hacerlo. Mientras tanto, todos tienen que convivir con carencias elementales de agua, de saneamiento y de espacio vital, al margen de las limitaciones que imponen la marginalidad y la presencia de altas tasas delictivas. Tal como ocurre, por ejemplo, en los precarios asentamientos poblacionales ubicados en plena Capital Federal, donde aspirantes a enquistarse en la Villa 31, de Retiro, han ocupado galpones y playas ferroviarias, o en el bajo Flores, escenario de la pugna por apropiarse de una puñado de viviendas provenientes de la escasa y morosa ayuda oficial.

No hace falta insistir más sobre males urbanos que están a la vista. Importa, en cambio, que las autoridades de todos los niveles admitan la urgencia de poner en marcha programas continuos de construcción de viviendas de precio accesible y condiciones dignas, a título de sinceras políticas de Estado. Y que también se ocupen de promover la creación de fuentes de trabajo genuino, aptas para asegurarles a los sectores de menores recursos una buena calidad de vida, empezando por la posibilidad de comprar o de alquilar una vivienda adecuada.

Link corto: http://www.lanacion.com.ar/833796

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