La crisis radical y la billetera de Kirchner |Por Eduardo van der Kooy
Hay un tufillo autoritario que impregna la discusión de los dos partidos políticos más importantes de la Argentina. Ni el peronismo ni la Unión Cívica Radical son lo que fueron: el partido de Gobierno se viene desgajando desde la década de los 90, pero su proximidad al poder siempre esteriliza esas pérdidas; después de la decepción de la Alianza, el radicalismo ha extraviado liderazgos y proyectos. Su distancia cada vez mayor con el poder acentúa la diáspora.
Peronistas y radicales ocupan en las últimas semanas el centro de la escena. Néstor Kirchner busca afianzar una concertación con sectores del radicalismo que le garantice la continuidad presidencial en el 2007. La UCR intenta encontrar en Roberto Lavagna aquel liderazgo y, al menos, una parte de los proyectos que no tiene para la competencia electoral del año próximo. Todo lo que el Gobierno logre arrastrar de su adversario irá en desmedro de la candidatura del ex ministro de Economía. Mauricio Macri, el jefe del PRO, intuye que estos días son poco aptos para la política doméstica. Ensaya, por eso mismo, una presentación en el teatro regional.
Alberto Fernández, el jefe de Gabinete, reveló ayer una fotografía de la concertación en ciernes con dirigentes del radicalismo (Julio Cobos, gobernador de Mendoza) y del ARI (Graciela Ocaña y Fernando Melillo). El radicalismo empardó aquella presentación con un acto que encabezaron su titular, Roberto Iglesias y Adolfo Stubrin, que apuntó a calentar la Convención de este fin de semana que consagrará —salvo un milagro— un nuevo astillamiento partidario y la autonomía electoral respecto del Gobierno. Ni en una ni en otra escenificación hubo nada que objetar.
El problema parece estar en los discursos y en la intolerancia de casi todos. La responsabilidad primaria le cabe al Gobierno, propenso siempre a un estilo confrontativo y descalificador. El Presidente pretende justificar aquella concertación que tiene entre manos como una obra de nueva ingeniería política que vendría a reemplazar las ruinas que quedaron luego de la gran crisis. En esta batalla entre lo nuevo y lo viejo el poder intenta imponer una verdad absoluta y trazar un límite definitivo en el tiempo. No asume su condición transitoria y no se asume tampoco como un producto de aquella gran crisis. Kirchner, a veces desde una actitud crítica y otras complaciente, integra esa clase dirigencial que sobrevivió a la dictadura y ayudó a moldear esta democracia demasiado imperfecta. El mismo admite los errores que trajeron la reforma Constitucional de 1994, de la cual fue junto a su esposa, Cristina Fernández, uno de sus actores.
La aclaración viene a cuenta porque la retórica oficial entre lo nuevo (que dice representar) y lo viejo (que endilga a la oposición) puede instalar un estado de cosas distorsionado, donde la palabra del Gobierno está cimentada, además, por una gestión de buen norte en lo económico y un aliento de las expectativas colectivas.
El error del Gobierno es también un error perceptible en la oposición. Dejemos de lado a PRO. El ARI se ha encargado de echar sospechas éticas y morales sobre cada uno de los políticos que abandonó el liderazgo de Elisa Carrió. El jefe del bloque de Diputados, Antonio Macaluse, lo deslizó también sobre Melillo. Podría resultar esa también una conducta facilista y autoritaria.
El caso más grave es, sin embargo, el de la Unión Cívica Radical. El partido vive sufriendo crisis y minicrisis desde 1928 cuando se produjo la escisión entre los seguidores de Hipólito Yrigoyen y Marcelo T. de Alvear. La principal de aquellas fue la fractura de 1956 que enfrentó a Arturo Frondizi con Ricardo Balbín. En todos esos casos confrontaron liderazgos y proyectos diferentes. No hubo espacio para otras conjeturas.
¿No emigraron por las mismas razones Ricardo López Murphy y Carrió? ¿No fue Raúl Alfonsín, acaso, el artífice de la concertación política más sorpresiva que tuvo de socio a Carlos Menem para promover la reforma Constitucional?
Es cierto que Alfonsín tuvo la virtud de convertir aquel gesto inicial de facto en un amplio y participativo debate horizontal. Que no es lo que precisamente hace ahora Kirchner. El Presidente sólo reclama adhesión a su proyecto en nombre de un nuevo ordenamiento político detrás del cual —se teme— sólo estén los pilares del superávit fiscal, de las obras públicas, de los subsidios y ayudas sociales.
El radicalismo cometería una grave equivocación (política y ética) si supusiera que la escisión que se avecina sólo responde a la seducción de la caja o la billetera oficial. No ocurrió así en casos aislados. ¿Por qué razón habrían de actuar con esa única lógica los cinco gobernadores partidarios y 183 intendentes de los 450 que tiene diseminados por el país?
Aun a riesgo de tener que atravesar otro temporal, el radicalismo no tendría por qué falsear su identidad. Esa identidad tuvo que ver con la tolerancia y siempre con la discusión. También en épocas difíciles y despistadas de su vida.
http://www.clarin.com/diario/2006/08/23/elpais/p-00501.htm
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