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Informe de Prensa

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Jueves, 24 de agosto de 2006

Los entresijos de la política |Por Daniel Larriqueta

En días recientes, tan teñidos de radicalismo, un distinguido intelectual experto en reflexiones reveladoras espetó a los colegas con los que analizaba la situación partidaria: “Lavagna es el candidato de Kirchner”. Enseguida empezaron las cuentas para demostrarle al incrédulo que una buena coalición electoral podía permitirle a Lavagna ganar la presidencia en la segunda vuelta. A mi juicio, esas cuentas confirman la boutade. Lavagna puede resultar un buen candidato para Kirchner si cumple con un requisito histórico: restablecer una suerte de bipartidismo sobre la base de la polarización.

Adelantadas o no, las elecciones de 2007 cubrirán no sólo los cargos de presidente y vice de la Nación, sino también de la mitad de los diputados nacionales y un tercio de los senadores. Esta sincronización marcada por los tiempos constitucionales tiene siempre la característica – a diferencia de las elecciones “de mitad de mandato”, que son sólo legislativas– de subordinar la decisión de los ciudadanos sobre sus legisladores al “arrastre” de la elección presidencial. Todos los partidos lo saben y por eso tenemos ya tantos nombres danzando para la presidencia.

Es en la primera vuelta cuando se hace esta doble elección. Pondremos la boleta presidencial y también las de legisladores. Los diputados y los senadores, en los distritos que corresponda, quedarán consagrados en esa primera vuelta. La fórmula presidencial acaso deba esperar al ballottage, la segunda vuelta, si ningún candidato ha obtenido lo necesario, 45 por ciento a secas o 40 por ciento y diferencia de diez puntos sobre el seguidor inmediato. El riesgo de esta situación es que si nos encandilamos mirando lo presidencial perdamos de vista lo legislativo. O sea: por vía de la manía presidencialista, trabajaríamos todos para seguir debilitando al Congreso.

Algunos de los más notorios y veteranos políticos opositores están realizando toda suerte de gestiones para impedirle al presidente Kirchner que renueve su mandato en 2007: son las reglas del arte. Pero algunos de ellos son los autores intelectuales de la reforma constitucional de 1994, que cambió muy sustancialmente nuestra tradición presidencial: pasamos de un período de seis años sin reelección a uno de cuatro con renovación inmediata. ¿Puedo hacer otra lectura de esa misma normativa? Por ejemplo: tenemos un período de ocho años con un examen de gestión a los cuatro, siguiendo el modelo norteamericano. Esto significa, como sucede en aquel país, que se espera que el Presidente renueve su mandato, excepto que la gestión haya sido muy deficiente. En el último medio siglo, sólo Carter y Bush padre no renovaron mandato en Estados Unidos. Hay una suerte de legitimidad latente en este derecho de renovar y completar los ocho años.

Claro que hay una diferencia importante con el modelo norteamericano. Allí sobrevive un bipartidismo cabal, de modo que con sólo poner en evidencia la incapacidad del presidente en ejercicio el fiel de la balanza se inclina hacia el otro gran partido opositor. La Argentina de hoy ya no tiene esa semejanza: ni el oficialismo ni la oposición tienen tal cohesión ganadora. Todos tienen que salir en busca de alianzas, acuerdos y transversalidades. Este debate electoral esconde, en realidad, la metamorfosis histórica de nuestra política: el sistema bipartidista está roto y nuevas fuerzas emergen en los lugares que antes ocupaban, dominantes, el justicialismo y el radicalismo.

De todo esto resulta que mirar las elecciones de 2007 con los binoculares bipartidistas es un anacronismo. Y un anacronismo peligroso para la vida republicana, porque puede conspirar contra la renovación política que venimos viendo y debe ser bienvenida. Tengo ya dicho en otras ocasiones y en un par de libros que los dos viejos y meritorios partidos vienen de diferencias culturales más que ideológicas y que la vida democrática debe facilitar una simbiosis de esas culturas que arrastrará, inevitablemente y aunque insuma un lapso prolongado, a nuevas formas de la política. Es comprensible que este proceso levante resistencias, sobre todo entre los dirigentes veteranos, pero yo lo entiendo como un proceso de modernización de la mayor importancia.

Con estas claves podemos mirar mejor las elecciones de 2007. Amontonar gente en el oficialismo y en la oposición para fabricar de urgencia un sistema bipartidista con los ojos puestos en la presidencia implica cerrar el camino al crecimiento de las nuevas expresiones. Y esto se manifestará, muy duramente, en la formación del Congreso.

Es indudable que al Presidente y a sus parciales les conviene la polarización y jugarán a lograrla para conseguir la victoria en la primera vuelta. Pero esa polarización en la primera vuelta arrastrará a un resultado equivalente en las bancas de diputados y senadores en juego.

Si el oficialismo consiguiera su propósito, el doctor Kirchner podría alcanzar no sólo su reelección, sino también el acompañamiento de un Congreso aún más monocolor que el actual. Sería un presidente más hegemónico. ¿Eso queremos?

Si el presidente Kirchner tuviese ahora una fuerte baja en su popularidad y un gran descrédito en su gobierno, sería razonable pensar en su reemplazo en 2007. Pero si eso no fuera así, apostar a la polarización, por bueno que sea el candidato opositor, sólo sería entrar en su juego y deteriorar las posibilidades de que las bancadas de los partidos nuevos sigan creciendo en el Congreso y abriendo más el cauce a la modernización del sistema de partidos.

La distinguida politicóloga Liliana de Riz dice en toda ocasión que sin ideas nacionales no hay partidos nacionales. Esto nos sigue faltando, tanto en el gobierno como en las expresiones opositoras, aunque debo anotar que, paso a paso, la coalición Pro, la gente de ARI y algunos grupos del radicalismo avanzan hacia la búsqueda de esas grandes líneas, cada uno con sus particularidades. No veo esa renovación en el oficialismo, tal vez porque se pueda esperar que el Gobierno presente, como programa, sólo la continuación de lo que viene haciendo. Mirando hacia el futuro es poco, pero está en su derecho.

En todo caso, agregaría que la falta de ese debate sobre las grandes cuestiones –nacionales e internacionales, políticas y culturales– es lo que hace tan notoriamente aburrida nuestra vida pública del presente. Y esto no sólo incumbe a los políticos, sino también a los medios de comunicación y a quienes trabajamos en el pensamiento. Me parece que todos debemos empeñarnos en revitalizar las ideas. Recibo algunos testimonios de esta inquietud y con un conjunto de colegas estamos procurando formar un ámbito de reflexión y prognosis sobre el modelo del IFRI francés.

No parece mucho, pero, como dice el refrán, “un grano no hace granero, pero ayuda a su compañero”.

Mientras tanto, bueno es que no nos dejemos envolver por los amontonamientos electoralistas, al menos sin percatarnos de que pueden pisotear los brotes de la nueva política.

Link corto: http://www.lanacion.com.ar/834077

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