Editorial |Riachuelo: una promesa más y van...
El río de los mil conflictos latentes y los mil días frustrados, nuestro
Riachuelo-Matanza, tan capaz de provocar hondas expectativas como de generar profundas decepciones, sigue siendo noticia. Ahora, el propio presidente de la Nación presentó un proyecto de ley acerca del saneamiento del infecto curso acuático.
Larguísima data tienen las desventuras que afectan a este típico río de llanura, falto de capacidad de escurrimiento y cuyas primeras menciones se remontan a mediados del siglo XVI. No había llegado a cumplir dos centurias en la consideración ajena cuando pesaron sobre él las primeras acusaciones de contaminación, provocada en ese caso por los desechos y residuos volcados en él por los primitivos saladeros. Y desde entonces fue de mal en peor, al compás de la progresiva instalación en sus orillas de establecimientos fabriles de la más diversa índole, como ha quedado constancia -por ejemplo- en numerosas ediciones de LA NACION de fines del siglo XIX y principios de XX.
Fue sintomático. No ocurrió que las autoridades se hubiesen hecho las distraídas. Por el contrario, al compás de la paulatina degradación del que en realidad es el tramo final del río Matanza, que no está en mejor estado que su hermano menor, los funcionarios gubernamentales nacionales, provinciales y municipales -en especial durante las últimas décadas- plantearon más de una iniciativa destinada a encarar la limpieza aconsejable como puesta en marcha del saneamiento integral de la cuenca.
Hubo, pues, organismos específicos de las más variadas jerarquías y denominaciones. Pero salvo el reflotamiento de varios cascos hundidos y esporádicas recolecciones de desperdicios superficiales, el curso que según un anuncio optimista -más optimista que de costumbre- en mil días quedaría limpio hasta la transparencia, siguió hediendo a podredumbre, despidiendo burbujas por efecto de las materias letales depositadas en su lecho y exhibiendo un amenazante tinte verdinegro que cada vez se oscurece más.
Hay cinco millones de habitantes asentados en los 64 kilómetros de riberas que se extienden desde las nacientes del Matanza hasta la desembocadura del Riachuelo en el Río de la Plata. La mayor parte de ellos escuchó respetuosamente las palabras presidenciales, sin abandonar la incredulidad que les provoca esa clase de promesas.
Ni siquiera los convenció que se le estaba dando respuesta a una orden de la Corte Suprema de Justicia, en el sentido de que la Nación, la provincia de Buenos Aires y nuestra ciudad autónoma debían elaborar un plan conjunto para sanear la cuenca Matanza-Riachuelo. La ciudadanía aspira a poder comprobar hechos concretos y, por fuerza, desconfía en estas alturas de las proclamas, por muy cargadas de buenas intenciones que estuviesen.
A pesar de que ha sido presentado como una solución definitiva, el proyecto aún debe sortear la etapa parlamentaria y los factibles retoques consiguientes. No habla de la declaración de estado de emergencia que esta cuestión requiere desde hace mucho tiempo ni tampoco se determinan plazos para las etapas exigidas por tan magna labor.
Es natural el escepticismo de los vecinos. De una vez por todas necesitan ver que se empieza a trabajar para que sus criaturas dejen de estar enfermas por causa de las emanaciones provenientes de la cuenca hídrica y aspiran a presenciar la erradicación absoluta de las industrias contaminantes, incluso el doblemente peligroso polo petroquímico del Dock Sud, la absorción de los miles de toneladas de limo impregnado por sustancias tóxicas, la limpieza de las aguas ya liberadas de esa carga, el dragado, que permita un mejor y más rápido escurrimiento de la masa líquida, y la urbanización de las riberas.
A las personas que a duras penas sobreviven a orillas del Matanza-Riachuelo no las desvelan las promesas, tampoco los organismos de nombres complicados o la probabilidad de poder nadar y pescar allí. Unicamente las convencen las realidades.
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